De rock y adolescencia

Por Kenji Kishi Leopo | @KenjiCosme

 

I’ve got an electric guitar
I play my stupid songs
I write this stupid words
An I love everyone waiting there for me
Yes I do, I do – Weezer, «In the garage»

 

Mi primera banda de rock fueron los Juanitocuervos. Inspirado por Mari Pepa, la banda de mis compas en la escuela, decidí armar junto con mis amigos y vecinos, además de mi hermano, nuestro propio grupo. Nos llamamos los Juanitocuervos porque Carlos, el guitarrista, decía que eran unos cuervos enormes que destruían los plantíos. Nunca comprobé si esa afirmación era cierta, pero no importaba, sonaba bien.

Era el comienzo de la adolescencia, un verano largo en que jugar partidos de futbol en la calle no era suficiente. Queríamos ser algo, queríamos hacer algo como aquellos grupos que nos emocionaban. Las hormonas afloraban, nos hervía la sangre. ¿Podríamos conquistar a las chicas con nuestra actitud y con nuestras canciones? ¿Encontraríamos el espacio para comunicar algo que sentíamos a través del rock? ¿La música sería nuestra salvación de la angustia adolescente? No lo sabíamos a ciencia cierta, pero había algo allí, por lo menos para mí, que le daba sentido a estar vivo.

Tocábamos mal, pero le echábamos ganas. Sacamos covers de los Pixies, de grupos de moda como los Hives y otros más viejos como El Otro Yo.  Nuestro repertorio de covers se limitaba por nuestra capacidad para tocarlos. Yo compré un bajo usado y ahí comenzó mi relación con el instrumento. Nos convertimos en una de las bandas del barrio, una colonia de clase media zapopana. En suma, hicimos lo que muchos jóvenes de nuestra edad habían hecho desde que nació el rock y sus derivados: repetimos lo que se ha convertido en un género cinematográfico, el «coming of age», en el que la música es un salvavidas, a veces, desinflado.

 

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Fotograma de «Somos Maripepa».

I wanna come in your face!

(Nota: no puedo escribir un análisis o crítica de Somos Maripepa por el simple hecho de estar tan involucrado en ella, así que va una historia para entender la génesis de todo esto.)

En la secundaria nos reuníamos después de clase o los fines de semana en casa de amigo El Chino a escuchar discos. En aquel entonces, hace 16 o 17 años, todavía nos emocionaba el poder conseguir la música de las bandas alternativas que poco o nada se escuchaban en las estaciones radiofónicas de la ciudad, así que cuando alguien había juntado lo suficiente para comprar el álbum azul de Weezer, el Mellon Collie and the infinite sadness de los Smashing Pumpkins, o los primeros discos de Nirvana, era obligatorio juntarnos en el cuarto de El Chino para escucharlos. Nos acostábamos en la alfombra y tratábamos de entender las letras, la música nos envolvía. Esas guitarras estridentes y esos gritos nos hablaban, nos decían que no estábamos solos. «Despite of my rage I’m still just a rat in a cage», nos decía Corgan y nosotros respondíamos «claro».  Si Kurt cantaba «I´m not like them, but I can pretend, the day is done I´m having fun, I think I´m dump or maybe just happy», nosotros pensábamos «cierto».  En fin, nuestro entendimiento y educación sentimental estaban filtrados por nuestros héroes rockeros. Nosotros queríamos ser así como ellos, almas gritonas que decían la verdad, ídolos colgados en los cuartos de adolescentes.

El Chino, junto con otros compas, fue el primero en formar una banda. Él había tomado clases de batería y tocaba en las misas dominicales. Junto con otros dos amigos integraron Maripepa, con la que se dedicaban a tocar covers de Nirvana. Una de sus primeras tocadas fue un desastre. Un amigo de la secundaria les había prestado la casa de sus tíos porque se supone que estaban de vacaciones. El guitarrista se puso muy borracho y se quedó encerrado en el baño un buen rato. Por fin salió y comenzaron a tocar la versión más larga que he escuchado de una canción de Nirvana, la cual ya no recuerdo. Momentos después llegaron los tíos del que prestó la casa. Tratamos de huir por la azotea, o escondernos. Obviamente nos encontraron.

En fin, la adolescencia está llena de esa clase de fracasos que, vistos en perspectiva, se convierten en triunfos. De ahí surgió el germen que se convertiría en cortometraje y luego película. Somos pues el conjunto de nuestros triunfos, pero sobre todo de nuestros fracasos.

 

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Las protagonistas de «Somos los mejor».

I hate sports!

Bobo y Klara, son dos chicas inadaptadas que deciden formar una banda de punk, a pesar de (o quizás debido a) que no saben tocar ni un instrumento musical. Ante esto piden ayuda a Hedvig, una chica cristiana que toca la guitarra. Así, en el cuarto de ensayos del centro comunitario de su localidad componen su primera canción: «I hate sports» (Odio los deportes), la cual básicamente trata de su odio a las clases de educación física.

Somos lo mejor (Lukas Moodyson, 2013), podría ser el espejo femenino y europeo de Somos Maripepa. En lugar de unos adolescentes latinoamericanos desgarbados, vemos a unas chicas clasemedieras de un país de primer mundo. Si bien el contexto social e inclusive temporal (la película sueca se desarrolla en los 80), hay varias cosas que las hermana: la música punk como escape, letras sencillas y directas («I wanna come in your face!», en Maripepa, «I hate sports» en la cinta sueca) y ese mundo adolescente en constante conflicto con el universo de los adultos.

Por otro lado, en el mundo de los personajes de ambas cintas, la construcción del género juega un papel importante. Los Maripepa son el cliché mexicano de la masculinidad, con su búsqueda constante de la conquista sexual, la agresión verbal a través del albur a los pares y la incapacidad para expresar afecto físico a sus amigos.

En cambio, en Somos lo mejor, hay un universo femenino muy interesante: son chicas punk iniciando la sexualidad (retratada por el director con una sutileza que funciona muy bien), que interpelan a su público de manera agresiva, pero que se abrazan con ternura y muestran su cariño cuando dirimen un conflicto entre ellas.

Al final llega el esperado primer concierto de las chicas. La sede es un gimnasio en un pueblo vecino. El público es poco numeroso y les grita que se bajen. Ellas, en su actitud más punk, les contestan que su pueblo es una mierda y cambian la letra de su única canción para ahora cantar su odio al pueblo que están visitando. Así, su fracaso se convierte también en su manifiesto, ante un mundo hostil, el punk es una defensa.

 

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Además de las dos cintas mencionadas, vale la pena dar una revisada a otras dos películas que hablan sobre bandas de rock adolescente:

Singstreet (John Carney, 2016): película casi musical en el que un chico trata de conquistar a una chica formando una banda de rock. Cada una de las canciones que crea se convertirá en una carta hacía ella, además del retrato musical de los grupos de los ochenta. A pesar de que en un momento podría pasar como una comedia romántica, el director no deja de lado el contexto social donde se desarrolla la historia: la Irlanda deprimida de los años ochenta en la que sus habitantes huían a Londres por la falta de oportunidades.

Los gatos persas (Bahman Ghobadi, 2009): si bien los protagonistas ya no son tan adolescentes, se trata de un docudrama sobre los avatares de una banda de rock para realizar un concierto en el contexto de la dictadura iraní. En este caso, además de documentar la vida en un país lleno de represión, también presenta el retrato de las diferentes formas musicales que conviven en un contexto tan diverso.


Somos Maripepa
2013 | 96 minutos | Español | México
Dirección: Samuel Kishi Leopo
Guión: Samuel Kishi, Sofía Gómez
Producción: Samuel Kishi, Antonio Toiz Rodríguez
Casa productora: Cebolla Films, Teonanacatl Audiovisual
Reparto: Alejandro Gallardo, Rafael Andrade, Moisés
Fotografía: Octavio Aráuz
Música: Kenji Kishi
Edición: Yordi Capó, Carlos Espinoza

 

Vi är bäst! | Somos lo mejor (título en español)
2013 | 102 minutos | Sueco | Suecia y Dinamarca
Dirección: Lukas Moodysson
Guion: Lukas Moodysson basado en el cómic de Coco Moodysson
Producción: Lars Jönson
Casa productora: Film Väst
Reparto: Mira Barkhammar, Mira Grosin, Liv LeMoyne
Fotografía: Ulf Brantas
Edición: Michal Leszczylowski


 

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