Siete pecados capitales, dos mentes brillantes

ADVERTENCIA: Si el lector todavía no ha visto Se7en (Los siete pecados capitales) se recomienda enérgicamente que  deje de leer ahora mismo y la vea. O mínimo, que lea con precaución, pues lo que viene está cargado de spoilers.

Paulina Reynaga
@poli_semia

Una mente brillante es la que corresponde a alguien excepcional, sobresaliente, genial. En el caso de la película Se7en de 1995, nos encontramos ante dos individuos que cumplen cabalmente con la descripción: el asesino anónimo en torno a quien gira la historia y el director que logró que esta cinta fuera tan memorable, aún 20 años después de su estreno.

Se7en es un thriller de David Fincher, en el cual el realizador nos lleva a una atmósfera perfectamente construida para emular la psique de sus protagonistas (tal como lo ha logrado en sus cintas más emblemáticas: The Game, Fight Club, Gone Girl). En el caso de Se7en, Fincher nos lleva al mundo de dos detectives que están tras el rastro de un asesino en serie, cuyo modus operandi está inspirado en los Siete Pecados Capitales de la Biblia.

Detrás de los asesinatos del intrigante individuo se vislumbra un plan que aunque brutal, es por demás metódico, insólito y me atrevo a decir que macabramente sublime. Este escrupuloso personaje comienza a engancharnos desde los icónicos créditos de entrada: una escalofriante secuencia que muestra en plano detalle a un hombre trabajando en un misterioso proyecto. Los encuadres son cerrados pero permiten atisbar retazos de imágenes perturbadoras, obscuros libros, apuntes minuciosos y otros restos de extraña memorabilia. Así, entre sugerentes imágenes y la poderosa música de Trent Reznor, el asesino anónimo empieza a hacer notar su presencia mucho, mucho antes de mostrarnos su rostro.

Su siguiente irrupción ocurre cuando se nos presenta el grotesco asesinato de la primera víctima: un híper obeso hombre, el cual fue alimentado a la fuerza hasta que su estómago reventó. Aunque en un principio, el suceso causó asco y mofa, al entrar en escena el segundo cadáver es evidente que ninguna de las dos muertes han sido torturas aisladas sino que son parte de algo mucho más sombrío. La segunda víctima es un ambicioso abogado al cual le han extraído una libra de piel, à la Mercader de Venecia, logrando que se desangrara en el proceso. Es entonces cuando los dos detectives, Mills (Brad Pitt) y Somerset (Morgan Freeman), además de descubrir que cada escena del crimen tiene pistas sobre la siguiente, caen en la cuenta de que estos asesinatos no sólo representan dos de los siete pecados capitales —gula y avaricia— sino que éstos son un castigo personalizado y proporcional a las faltas de cada víctima.

Tal descubrimiento conmociona fuertemente a ambos investigadores. Por un lado, el experimentado detective Somerset se encuentra a unos días de jubilarse y no le interesa involucrarse en un caso de estas dimensiones. Mills, por su parte, es ambicioso y apasionado, pero carece de la templanza y paciencia para resolver un misterio como este por su cuenta. Pese a ello, su compromiso con el caso es fuerte, pues acaba de trasladarse a la ciudad con su encantadora esposa Tracy (Gwyneth Paltrow) y es importante demostrar que el cambio ha valido la pena.

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Sin importar las tensiones entre los dos compañeros, éstos trabajan en conjunto para encontrar a la tercera víctima: un narcotraficante y abusador de menores a quien le gusta el dinero fácil. El castigo de este hombre consistió en mantenerlo postrado en una cama sin salir de ella durante un año. Este escarmiento corresponde al pecado de la pereza, y además de espantosas heridas, le ocasionó un lento deterioro de cuerpo y mente. Cuando lo encuentran, Mills y Somerset descubren, horrorizados, que el hombre sigue vivo (aunque muere poco después) y que esto no es fortuito. El desconocido verdugo estuvo planeando la espantosa penitencia desde al menos un año, tiempo en el que estuvo alimentando al hombre lo mínimo para mantenerlo vivo y alargar su agonía; a la vez que se encargó de mantener los gastos del departamento dónde lo tenía cautivo.

Aunque hasta ahora son evidentes la obsesión y el nivel de compromiso del asesino anónimo, el grado de su perversidad parece no tener límites. Para castigar la supuesta lujuria ocasionada por una prostituta, este personaje mandó diseñar un dispositivo de tortura tipo BDSM y a punta de pistola obligó a un hombre cualquiera a que lo usara para violarla y matarla. Con la misma crueldad, castigó la soberbia de una famosa modelo, a quien le desfiguró el rostro y le presentó dos alternativas: llamar a una ambulancia y vivir mutilada o tomar unas pastillas para terminar con su vida. La chica eligió la segunda opción.

Pese a que Fincher no nos permite ser testigos de cómo se llevan a cabo estas atrocidades (ni siquiera se muestran imágenes muy definidas las víctimas) conocemos suficientes detalles de lo que ocurre como para saber que cada castigo es más cruel que el anterior y que su autor no cesará hasta ver su obra concluida. Con ello, lo más aterrador de todo es que el espectador comienza a conocer tan bien a John Doe, el asesino anónimo, que se genera una empatía secreta hacía él. De cierto modo, nosotros también ansiamos ver la obra concluida: siete pecados, siete castigos.

Nuestra exigencia se evidencia cuando después de que conocemos a la quinta víctima, también conocemos la identidad del asesino. John Doe se presenta en la estación de policía, salpicado de sangre que no es la suya, y sin poner resistencia alguna se entrega. Este momento es sumamente representativo. Por un lado, nos vemos obligados a admitir nuestra decepción, pues sabemos que si el asesino es detenido, los siete crímenes seguramente no serán cometidos. Esto manifiesta que John Doe ha sido tan sistemático y cuidadoso que de cierto modo ha logrado ponernos de su lado: son siete pecados, necesitamos conocer los siete castigos. Por el otro, la pulcritud y los meticulosos ademanes con los cuales Kevin Spacey interpreta a este asesino a quien vemos claramente por primera vez, nos confirman que su obsesiva naturaleza no permitirá que éste sea el fin.

Pese a que ello implica dos muertes más, John Doe se ha convertido en una especie de profeta de lo perverso, y tenemos confianza en que completará el anticipado ritual. Es por ello que cuando el asesino promete a Mills y Somerset que confesará todos sus crímenes si ambos lo acompañan a donde se encuentran los últimos dos cadáveres, la audiencia siente una especie de alivio mezclado con horror. Se nos cumplirá lo prometido pero ¿a qué costo?

De camino a su destino, John Doe habla con sus captores sobre su misión. Con todo el esmero y estoicismo del que Kevin Spacey es capaz, el personaje relata la necesidad de castigar los pecados del mundo, de lo que para él es la perfección de su obra y de cómo, cuándo esté terminada, hablarán de ella por muchos años. Sobre ese último punto sí tenía razón. Además de revelar la identidad y el castigo de las últimas dos víctimas, en las escenas que siguen a este discurso Doe también nos demuestra lo que es capaz de hacer con tal de ver cumplido su cometido: la autoinmolación.

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El momento estelar, fríamente calculado tanto por el asesino como por el realizador, ocurre en el abandono de una carretera. Ahí, la terrible tensión entre Doe, Mills y Somerset se intensifica cuando se aproxima un mensajero con una misteriosa caja. Mientras Somerset la inspecciona, Doe le hace a Mills una oscura confesión. Le cuenta de su gran debilidad, de cómo siempre ha codiciado una vida común, normal. Similar a la que Mills tiene con su bella esposa. Es así, que presa de su pecado, la ha asesinado y les ha hecho llegar su cabeza se en la caja que Somerset acaba de recibir.

Con ello, la envidia de Doe se convierte en la ira de Mills y finalmente, el macabro rito concluye justo como se anticipó: con siete pecados y siete víctimas. Mills no tiene que ver que hay en la caja para creer que ha ocurrido lo peor. Basta con ver el rostro de su compañero y escuchar cómo Doe le cuenta que ella le rogó por su vida y la del bebé que llevaba en su vientre. Al enterarse por boca del asesino de este secreto, Mills no aguanta más, y pese a que sabe que al matar a Doe, éste habrá ganado, lo ejecuta en el acto. Así, Mills no solo completa la obra de John Doe sino que con ello lo libra del juicio terrenal y le da visibilidad a su retorcido mensaje.

Aunque la obra de Doe no es en sí misma loable y sus intenciones lo son todavía menos, es de reconocerse la habilidad con la cual el personaje es construido, cómo se nos mete a la cabeza sutil pero brutalmente hasta lograr que en pequeña o gran medida, la audiencia anhele verlo cumplir con su espeluznante crimen elevado a lo sublime en virtud de la perfección de su planeación y ejecución. El hecho de que éste se ofrezca a sí mismo como víctima, pero que además se haya elegido con los mismos parámetros con los que eligió a los otros pecadores demuestra que su muerte no es una salida fácil a la justicia sino un paso importante para lograr la integridad en su cometido.

Aunque Spacey es un impresionante artista, no es su interpretación actoral lo único que nos convence de que John Doe es excepcional. Es el ritmo perfecto con el cual se nos van presentando los fragmentos de su persona. Es el temor y morbo que nos genera la construcción audiovisual de la sombría atmósfera, aquella en la que el Sol sólo se asoma por un instante, durante el momento de gloria del verdugo. Y es a partir del impecable suspenso narrativo, en donde cada segundo cuenta y en el que la audiencia se mantiene tan cautiva como si fuera la octava víctima. En otras palabras, si no fuera por la mente brillante de David Fincher como realizador, nunca habríamos recordado al genio anónimo: John Doe.

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Se7en | Se7en, los siete pecados capitales
1995 |  127 min | Inglés | Estados Unidos
Dirección: David Fincher | Guión: Andrew Kevin Walker
Productor: Arnold Kopelson y Phyllis Carlyle | Casa productora: New Line Cinema
Reparto: Morgan Freeman, Brad Pitt, Kevin Spacey
Fotografía: Darius Khondji |Música: Howard Shore | Edición: Richard Francis-Bruce


 

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