Poemas sombríos de celuloide: Solaris (la rusa, claro)

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Por J. Igor Israel González Aguirre (@jiigonzaleza).

Es curioso: cuando uno explora la relación entre el cine y el espacio exterior casi siempre se encuentra con tramas situadas en el terreno de la ciencia ficción. Éstas —también con mucha frecuencia— se inclinan por la exploración de las profundidades del universo y la expansión del dominio de lo humano más allá de cualquier confín. Desde Le voyage dans la lune (Méliès, 1902) hasta Interestellar (Nolan, 2014) [y las que vengan], esta especie de obsesión, de sed de trascendencia, se observa en el desfile de vicisitudes a las que se enfrenta la crema y nata de la humanidad1 —desde luego, con la ocasional aparición de forma de vida alienígena que aderece el conflicto— para atravesar la última frontera e ir hasta el infinito y más allá. Hay en el cine de ciencia ficción espacio-sideral una especie de apertura hacia lo Otro, de enamoramiento con lo externo. Se percibe pues una tendencia a poner el énfasis narrativo en todo lo que está out there, o lejos, en otra parte (como la Verdad, Mulder dixit; como la vida, tal como lo sugiere Kundera). Es, pues, un cine fuera de sí, por decirlo de algún [irónico] modo.

Quizá por todo ello, filmes como Solaris (Tarkovsky, 1972), adquieren una relevancia inusitada (y quizá un poco por los comentarios que ha hecho Bergman acerca del buen Andrei). Si buena parte del cine astral de ficción se encuentra vuelto hacia fuera, Tarkovsky logra desplazar —magistralmente, por cierto, aunque a algunos les parezca lo contrario— el conflicto con el universo hacia el espacio interior de los personajes (desde luego, debo esta lectura del filme a la ofrecida por Žižek en su afamado documental The pervert’s guide to cinema). En pocas palabras, la premisa básica de este largometraje —dividido en dos partes— versa sobre una especie de astro-psicólogo (Kris Kelvin, interpretado por Donatas Banionis), quien es enviado a investigar una estación espacial que orbita un planeta en el que recientemente ha sido descubierto un océano. Este planeta es, claro, Solaris. Algunos reportes recibidos por el centro de mando indican que hay inconvenientes en la estación (i.e. la tripulación sufre alucinaciones; muere), y es preciso determinar si el proyecto es lo suficientemente redituable como para que pueda continuar a pesar de todo. Luego de arribar a la estación, Kelvin descubre que, Houston, efectivamente hay un problema: comienza a ver gente muerta (guiños malísimos pero inevitables); específicamente, se encuentra con su esposa Khari (Natalya Bondarchuk), la cual había fallecido tiempo atrás.solaristarkovsky

Claro que no pretendo arruinarle la experiencia a quien todavía no la haya visto. Por eso hay tan pocos spoilers en este texto. Baste decir que Kelvin concluye que la causa de las alucinaciones es el océano recién descubierto en Solaris, puesto que éste es el que produce la serie de manifestaciones físicas derivadas de los recuerdos y deseos de los tripulantes de la estación. Esta especie de trama que alude a la construcción del sublime objeto del deseo le permite al director explorar temas de resonancia universal que sirven de puentes entre el espacio exterior y lo más íntimo: sin adscribir una religión específica, la cinta es profundamente espiritual y filosófica, puesto que pone de relieve tanto que el ser humano no es el centro de la creación, como la profunda soledad que esta verdad conlleva.

Por otra parte ofrece, incluso, una crítica a la ciencia en tanto medio para alcanzar/descubrir verdades universales. Los profundos debates que sostienen los tripulantes (por lo menos los sobrevivientes) de la estación espacial acerca del significado de la vida se contrastan, por ejemplo, con la postulación del método científico como vía para acceder a la Verdad (sin contar demasiado acerca del largometraje puede decirse que la aplicación de dicho método deja desolados a los tripulantes de la estación espacial). La comprensión y el entendimiento, se postula en el filme, se encuentran en el nivel de los afectos y las emociones, y no en el plano de la razón o la lógica (recordemos que es precisamente Khari, la esposa muerta de Kelvin, la que al final de todo tiene las respuestas). Máquinas deseantes; órganos sin cuerpos: hay una interesante e inesperada línea de continuidad que se extiende entre Tarkovsky y Deleuze y Guattari. Habrá que explorarla en alguna oportunidad.

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En fin: sí, Tarkovsky explora las mismas aristas que se abordan en el resto de los filmes asociados con el género en cuestión (incluida la presencia alienígena), pero lo hace de una manera sutil y única. Insisto, si buena parte del cine de ciencia ficción se encuentra volcado hacia el exterior, Tarkovsky presenta una versión sobria e intimista (a veces claustrofóbica). Solaris es una larga metáfora de las profundidades de la psique que toma como marco de referencia a la ciencia ficción: pensar el futuro (o el pasado) para comprender el presente. Con ello le da una vuelta más a la tuerca del estilo narrativo que alimenta a la ciencia ficción plasmada en celuloide (si no me creen a mí, créanle a Bergman). Su huella es observable en filmes tan variados y relativamente recientes, tales como Wall-e (Stanton, 2008); Moon (Jones, 2009) o Another earth (Cahill, 2011). Así de poderoso es Tarkovsky. Así de evocativa es Solaris.

Solo resta decir que en la dimensión estética, dicho filme es —poco más, poco menos— un poema: diálogos sobrios y tomas lánguidas, largas, con un tono que en ocasiones raya en lo sombrío; discusiones filosóficas que incluso transitan por bizarras lecturas de El Quijote (el de Cervantes, no el de Menard). Aunque algunos piensen lo contrario, Solaris, de Tarkovsky, nos demuestra que el espacio exterior tiene poderosos puentes con lo interno y que, por decirlo a la Nietzsche, es humano, demasiado humano.

1 Porque efectivamente, quien se encarga de expandir los límites del universo es la crema y la nata, lo de encimita, no los hijos de vecino como tú o como yo. Vaya, ni en Armageddon (Bruckheimer, 1998), en el que son obreros los que salvan al mundo al domar un asteroide. Éstos no son cualquier integrante de la clase trabajadora, sino la élite de la élite en cuanto a excavación petrolífera se refiere.


Solyaris | Solaris [título en español]
1972 | 167 minutos | Ruso | Unión Soviética
Dirección: Andrei Tarkovsky
Guión: F. Gorenshteyn y A. Tarkovsky [adaptación de la novela de Stanislaw Lem]
Productor: Vyacheslav Tarasov
Casa productora: Creative Unit of Writers & Cinema Workers, Mosfilm y Unit Four
Reparto: Natalya Bondarchuk, Donatas Banionis, Jüry Järvet…
Fotografía: Vadim Yusov |Música: Eduard Artemev | Edición: Lyudmila Feyginova y Nina Marcus


 

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