Navajazo: un escupitajo a la realidad

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Por Adrián Carrera Ahumada | @acarrahu

 

Tijuana, ese estuario cultural donde muchos vienen y van, otros se quedan y todos hurgan —existen, persisten—. Aunque oriundo de Guanajuato, uno de esos tantos es Ricardo Silva, director de Navajazo (2014). En su primer largometraje, el autor presenta un relato deseperanzador protagonizado por personas con perfiles variopintos pero con algo en común: el mito del progreso y el desarrollo les ha dado la espalda. Ellos crean su mundo, sus propias narraciones. Un hombre se personifica en músico callejero gótico, otro crea una casa forrada de juguetes viejos, una pareja vive para drogarse, una prostituta cree en el amor…

A estos personajes Eduardo Galeano quizá los reivindicaría con una prosa bonita, izquierdosa y cursilona; probablemente un periodista haría una crónica retratando sus carencias y sufrimiento, la acompañaría con datos de algún informe. Silva no: él hace pornomiseria participativa, genera una pieza audiovisual alejada de la sensibilidad y ética que muchos cuidan. Visibiliza, pero no hace denuncia ni un retrato comprometido de la opresión. Al hacer Navajazo Silva no buscaba nada de eso; se trataba de un experimento con otros objetivos. El resultado es una especie de docuperformance, un mashup entre ensayo audiovisual, intervención artística, documental participativo y pornografía de la miseria. Silva le llama etnoficción.

Navajazo aborda la idea de frontera en más de un sentido. El primero: el borde que es Tijuana. Ese sitio en el que las condiciones son complejas y para la mayoría difíciles, donde a pesar de todo siguen existiendo esos otros, entre drogas, enojo, sexo, abandono y tristeza. Donde una deidad perezosa es el mundo que les escupe; la esperanza sorda yéndose a ninguna parte. Algunos existen apenas resistiéndose a la desaparición. Decir que Navajazo es un largometraje crudo es un lugar común, pero cierto.

El segundo sentido, más que temático, es de indóle (est)ética y formal. Para abordar esto, primero plantearé algunas cuestiones sobre el documental como género.

Al final de una proyección de El Charro de Toluquilla (2016), el protagonista, Jaime García, y el director, José Villalobos, charlaron con quienes acudimos a ver el documental. Hubo un momento en que, con natural sinceridad, el charro dijo: «Todo lo que vieron ahí es verdad; bueno, excepto la parte en la que vomito, esa me pidió José que la actuara, pero es cierta porque en ese tiempo de verdad me estaba yo sintiendo enfermo y sintiendo muy mal». Palabras más palabras menos. Lo que hizo Villalobos fue apegarse a la idea de la «lágrima pintada» de Gabriel García Márquez. La revelación me hizo preguntarme: ¿qué sí y qué no es válido hacer en un documental?, ¿un documental debería de mostrar solo lo «verdadero», lo «real»?, ¿puede hacerlo?

Por otro lado, está la naturalidad y creación de personajes en los documentales. Entiendo que cada documentalista ha de tener su mirada y que al final construye un relato a partir de los hechos y personas que retrata, convirtiéndolos así en personajes. Pero, ¿no lleva la cámara en sí misma a que las personas filmadas creen un personaje de sí? Y es que parece inevitable que la presencia de un equipo de filmación modifique el comportamiento de las personas. En no pocas circunstancias es imposible que el documentalista sea la mosca en la pared. ¿Qué tan «real» es entonces lo capturado por la lente y el micrófono?

Precisamente el objetivo que Silva tenía con Navajazo era dejar de lado estos dilemas y poner de relieve un nuevo aspecto de la realidad al intervenir a la realidad misma. En última instancia, Navajazo pretendía ser una exploración sobre lo que es verdad en pantalla. Sociólogo de formación, Silva inventó historias cuando ejerció de reportero de nota roja en Tijuana. También colaboró un tiempo con Laura Bozzo, la peruana famosa por su talk show con casos fabricados y no-actores provenientes de colonias marginadas.

En Navajazo, Silva «contaminó» situaciones y provocó otras. También pidió a sus protagonistas que crearan a su propio personaje, que decidieran qué querían ser frente a la cámara. El caso de Balthazar Hernández, mejor conocido como El Muertho de Tijuana, es peculiar, ya que era un personaje desde antes que la cámara de Adrián Durazo —director de fotografía de Navajazo— llegara. Silva retrató entonces a personajes ya existentes, unos recién creados y hasta a otros del todo inventados e insertos —supongo— sin el conocimientos del resto, como es el caso del falso pornógrafo estadounidense, que en realidad es el actor y comediante Richard Lewis.

¿Es más sincera esta forma de hacer documental que aquella que pretende que lo que hacen los personajes frente a cámara es lo que siempre hacen?, ¿cuáles son las fronteras que delimitan lo que se puede considerar un documental?, ¿o aquellas entre la exploración artística y la explotación miserabilista?

Hay momentos de Navajazo en los que Silva da pistas al espectador para que éste intuya la naturaleza del filme. Por ejemplo la escena en la que dirige a uno de sus personajes, o todas en las que sin pudor aparecen los micrófonos a cuadro. Silva jamás pretende ser la mosca en la pared y no chista con interrumpir a una de sus personajes para pedirle que se mueva porque está tapando la toma.

Hábilmente, Silva consigue generar la duda. Tras observar su película queda la incertidumbre sobre qué tanto de lo que uno acaba de ver es documental en el sentido convencional y qué tanto es otra cosa. Al final eso no importa mucho. Ha conseguido sacudir al espectador.

Navajazo podría resumirse en una mirada. La de Star Kelly, una prostituta que dice haber encontrado el amor con su actual novio. La chica y su pareja cogen frente a la cámara. Hay un momento en el que la lente capta la mirada de ella, una mirada rota.


Navajazo
2014| 75 minutos| Español | México
Dirección: Ricardo Silva
Guión: Julia Pastrana
Producción: Paulina Valencia y Ricardo Silva
Casas productoras: Julia Pastrana y Specola
Reparto: Richard Lewis, Yareni García, El Muertho de Tijuana…
Fotografía: Adrián Durazo
Música: Albert Pla
Edición: Julia Pastrana y Ricardo Silva


Bibliografía

Ferreiro, R. (2014). La realidad debe superar la ficción. Entrevista a Ricardo Silva.
González, A. (2013). ‘Navajazo’, documentiras desde la frontera.
IMCINE. (2014). Tijuana: Navajazo. Entrevista a Ricardo Silva.


 

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3 Responses to “Navajazo: un escupitajo a la realidad

  • Adrián, tengo años intentando conseguir Navajazo. Si la tienes pos presta-pa´-la-orquesta-que-nada-te-cuesta.
    Otra cosa, ¿Alguien sabe dónde puedo conseguir la de “El Charro de Toluqilla”?

    Abrazo

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