Memorias de la última función en el cine

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Kenji Kishi Leopo
@kenjicosme

 

Los elementos de la historia son más o menos así: un pequeño pueblo en el desierto, lleno de polvo. También hay unos chicos en la plena transición a la adultez. Van a la escuela, al billar, a los juegos de fútbol americano y a la última función de la sala de cine local,  donde pueden besuquearse a gusto en las últimas butacas de la sala. Es 1951 y a cientos de kilómetros su país pelea en contra de la amenaza roja.

También hay una chica rubia con ojos grandes y cara angelical. Su padre es rico y su madre, guapa y alcohólica. La chica tiene un novio que podríamos definir como un poco lento. El novio tiene un amigo que es buena persona y que desea a la chica rubia.

Es un pueblo donde hay chicos ricos que gustan de organizar fiestas en una piscina donde todos los invitados tienen que nadar desnudos. Donde los chicos no tan ricos bailan al ritmo del folk y country con guitarra y violín y luego buscan a la prostituta gorda para desfogar su calentura juvenil.

Los elementos de la película son más o menos así: es 1971 y el sistema de estudios de Hollywood se siente obsoleto. El mundo ya no es lo que era y varios jóvenes directores y cineastas ya se dieron cuenta. Las películas edulcoradas, las grandes épicas y el star system de trajes pulcros y bigotes bien delineados ya no le dice mucho a una juventud desaliñada y en éxtasis (o algún otro alucinógeno).

También hay un reputado crítico de cine llamado Peter Bogdanovich que, siguiendo el ejemplo de los escritores del Cahiers du Cinema (Godard y Truffaut) decide convertirse en director de cine. Su primera incursión como director fue con la película Targets, la cual filmó en tan solo tres semanas. Luego de volver al periodismo, donde tuvo una serie de enriquecedoras charlas con su ídolo Orson Welles, Bogdanovich se embarcaría en su segunda película: una adaptación de la novela de Larry McMurtry, The last picture show.

A pesar de ser una película en blanco y negro —que funciona como un homenaje al cine de Howard Hawks, uno de los veteranos cineastas del viejo Hollywood— The last picture show tiene la frescura del nuevo cine que se estaba tratando de realizar en la meca del cine. Esto es: personajes redondos y de varias dimensiones, no sólo buenos y malos, sino sumamente humanos y contradictorios; un retrato de la vida norteamericana fuera de los clichés del “american way of life” y la inclusión de rostros frescos con una gran energía frente a la cámara.

Entre estos nuevos rostros, se encuentra el de una jovencísima Cybill Shepherd, quien iniciaba su carrera como actriz luego de desempeñarse como modelo. Ella encarna a Jacy Farrow, el objeto del deseo de pueblo que, por influencia de su madre, busca mantener una posición social a través de su sexualidad pero que, al igual que su progenitora, termina metiéndose con cualquier patán.

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También fue uno de los primeros trabajos importantes de Jeff Bridges (el Dude en la genial The Big Lebowski), así como de Timothy Bottoms, un joven actor con carrera en el teatro.  Bridges personifica a Duane Jackson, el chico sin ninguna ambición que pierde a la chica linda, justamente por eso, y que termina enrolándose en la guerra de Corea. Bottoms encarna a Sonny Crawford, el cuasi huérfano de buen corazón que se ve envuelto sexualmente con la esposa de su entrenador, una ama de casa frustrada. Entre los dos personajes está Sam The Lion (Ben Johnson), que representa al viejo vaquero norteamericano, el alma de Anarene, la Norteamérica que desaparece con la idea de modernidad.

La relación entre los personajes de los dos actores es uno de los centros de la película, la cual justamente se convierte en un estudio sobre el paso inexorable del tiempo y su efecto en las relaciones humanas (por cierto, otro ejemplo importante es Boyhood de Richard Linklater).  Así, no es gratuito que veamos un cine que proyecta en su última función el clásico de Howard Hawks, Red River, uno de los filmes que representan las influencias del viejo Hollywood sobre el nuevo.

Uno de los mayores aciertos de la película y que en cierta manera la hace original es la estructura con la que juega el director. En lugar de crear un relato lineal con una curva dramática muy clara, construye la historia a partir de episodios separados cada uno por tiempo. Asimismo, le da su espacio a cada uno de los personajes, en lugar de quedarse con la visión de uno solo. De esta manera se genera la sensación de un relato sobre una época y un espacio social, más allá de una historia individual.

Asimismo, el tratamiento general de la película, que no hace uso de música extradiegética y cuyos ambientes son desérticos y solitarios, logran generar un tipo de melancolía como la de algo que se va perdiendo en el ambiente, algo que no se recuperará pero queda ahí para recordarnos otros tiempos, donde esperábamos la última función del cine para vernos en la oscuridad con aquello que deseábamos, sean películas o chicas lindas.

Con el paso del tiempo The Last Picture Show se ha convertido en un clásico, que sin embargo no ha tenido la popularidad de otras películas del New Hollywood, pero que a pesar de ello, sentó las bases para generar otro tipo de narrativas y desarrollo de personajes, uno en que a los héroes les afecta el paso del tiempo como a nosotros.


The last picture show | La última película [título en español]
1971 | 118 minutos | Inglés | Estados Unidos
Dirección: Peter Bognadovich | Guión: Peter Bognadovich, basado en la novela Larry McMurty
Productor:  Stephen J. Friedman| Reparto: Timothy Bottoms, Jeff Bridges, Cybill Sheperd
Fotografía: Robert Surtees| Edición: Dom Cambern


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