Volar a la Luna

Cartel (1902) Le voyage dans la Lune 6

Por Adrián Carrera | @acarrahu

 

No hace falta un tren bala o un avión jet cuando se cuenta con el artefacto conocido como imaginación. De un momento a otro, podemos pasar de las calles de una ciudad sin nombre al pico de la montaña más alta. Hay algunos, algunos grandes, que imaginaron lo que no pudo el resto. Y otros, muy pocos, consiguieron plasmar aquello que pasó por su mente: su jet personal ahora con más de un asiento. El arte como viaje compartido.

Viajar es, sobre todo, una experiencia. Georges Méliès —el alquimista de la luz (Chaplin dixit)— entendió eso y, quizá sin saberlo, se convirtió en pieza clave para el desarrollo del cine como espacio por y para lo (im)posible. Méliès, que por accidente descubrió el stop trick, asumió el espectáculo como vocación. Comprar boleto para cualquiera de sus funciones era un pase, sí, para entrar al teatro, pero también uno directo al ingenio del alquimista, al reino imaginado.

Como alguien que sueña dentro de un sueño, Méliès no tardó demasiado en incorporar la idea del viaje a sus películas. Durante el primer lustro del siglo XX filmó Le voyage dans la lune (Viaje a la Luna) y Le voyage à travers l’impossible (Viaje a través de lo imposible). Ambas implican travesías espaciales con destinos que parecieran unidos por la mitología: la Luna y el Sol. Para la realización de estas películas Méliès se inpiró en Julio Verne. Pareciera que desde hace más de un siglo se está destinado a ser eco.

La inédita forma en que Méliès se asumió eco de Verne lo convirtió en precursor de la ciencia ficción en el cine. Le voyage dans la lune es considerada la primera película del género. Artistas como el dúo musical AIR, con un álbum homónimo al filme, o Martin Scorsese, con Hugo, han rendido homenaje a esta pieza y, en general, a Méliès.

Existen varias versiones de Le voyage dans la lune. Algunas duran más que otras, las hay a color y en blanco y negro, silentes o con acompañamiento musical. Más allá de las diferencias que pueda haber entre versiones, la travesía y la magia permanecen.

El viaje es una experiencia con lo desconocido. Tomada la Tierra como nuestro hogar, ¿qué mejor forma de aproximación a lo externo, lo otro, que un viaje a lo más ajeno, fuera de casa?, ¿quién mejor que un mago para llevarnos allá?

La aventura comienza con Méliès haciendo magia para la comodidad de su público y dejando clara la naturaleza del viaje: convierte un puñado de catalejos en banquillos. En su filme más famoso, podemos ver al mago haciendo el truco que hizo gran parte de su vida: invita a ver el firmamento solo para después hacer que la audiencia se siente frente a él y atienda sus locuras. La travesía se hará en una especie de bala de cañón gigante, en la cual cabe más de una persona.

En la imaginación de Méliès la Luna tiene un rostro, también las estrellas, pero no la Tierra. Nuestro hogar tiene su propia faz y para asumirlo propio no es necesario que luzca como Eva o Adán, basta con habitarlo. Los lejanos astros, en cambio, han de parecerse a nosotros. Se les añade cara. Así nos resultan menos ajenos. Porque lo ajeno, pareciera que por el solo hecho de serlo, es aterrador.

En Le voyage dans la lune las criaturas lunares, habitantes de lo (im)posible, lo lejano, lo otro, son concebidas —¿acaso imaginadas?— como juguetonas, hurañas y que buscan el contacto sin estar del todo convencidas. Tras ser agredidas, revelan tener armas y una estructura jerárquica. Quién sabe si antes la Luna —el sitio de la imaginación— era un lugar hostil, pero ahora, tras la llegada de la humanidad, lo es. Las criaturas reaccionan como se supone que reaccionaría una persona. Solo se asume al otro como una versión grotesca de nosotros mismos.

Tras un accidentado escape, la tripulación vuelve a donde comenzó la vida. En la última secuencia Méliès deja algo claro: nunca se retorna del viaje igual que como se partió es común, por ejemplo, regresar con algún monstruo-souvenir.

La escena final, un homenaje a sí mismo, como si Méliès además de mago fuese vidente.

Más allá de las vicisitudes del viaje, Méliès, ilusionista, consiguió jugar con su creatividad y la luz. Trazó una ruta que no se había dibujado jamás en ningún mapa. El viaje a la Luna como un viaje a la imaginación, como un viaje para escapar, o acaso para toparse de frente con lo desconocido, con ángeles o demonios. Mirar hacia afuera, más allá de la copa del árbol más alto, como una forma de mirar hacia adentro.

Ir a una taquilla, comprar un boleto [destino: la luna].

[O, en otras palabras, «llévame al cine».]


Le voyage dans la lune | Viaje a la Luna [título en español]
1902 | 13 minutos | – | Francia
Dirección: Georges Méliès | Guión: Georges Méliès [basado en novelas de Verne y Wells]
Productor: Georges Méliès | Casa productora: Star-Film
Reparto: Georges Méliès, François Lallement, Jules-Eugène Legris…
Fotografía: Michaut y Lucien Tainguy |Música: AIR / Octavio Vázquez | Edición: Georges Méliès


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