Las noches de Cabiria

Por Graciela Ríos

 

Le notti di Cabiria  —en español Las noches de Cabiria—  es una película de 1957 dirigida por uno de los más emblemáticos directores del cine italiano: Federico Fellini. Es protagonizada por Giuletta Masina, su esposa, en el papel de Cabiria, una ingenua prostituta de cuyos más profundos anhelos, fracasos y andanzas seremos testigos a lo largo del filme.

Esta es una película importante porque trata y retrata un tema que no muchos se atrevían a tocar —si en la actualidad sigue siendo un tabú, en los años cincuenta era impensable—. Y lo trata con el tono que Fellini acostumbra, aquél que logra convertir a las situaciones más burdas, a los sectores más rezagados de la sociedad, en poesía. Logra que nos enamoremos de la miseria, que nos acerquemos a ella desde adentro, desde una postura humana, desde el corazón de sus personajes.

En 1943, Fellini conoció al realizador italiano Roberto Rosellini, uno de los principales exponentes del movimiento cinematográfico conocido como neorrealismo italiano. Fue Rosellini quien lo introdujo al séptimo arte y fungió como su tutor y colega, permitiéndole colaborar como guionista en uno de sus más reconocidos filmes: Roma ciudad abierta (1945)La elaborada combinación entre la labor de Fellini como cuentista, creador de relatos y viñetas, y la herencia que obtuvo a partir de involucrarse tan de cerca en los filmes de este movimiento, permiten sostener que Federico Fellini es un hijo del neorrealismo italiano. Esto es simbólico en sus películas, que si bien ya no formaron parte de ese evento histórico en particular ni podrían ser clasificadas dentro de esa categoría, guardan ciertas tendencias que pueden ser identificadas en las películas neorrealistas. Entre ellas, ficcionar la realidad, haciendo retratos orgánicos del contexto histórico y social de la época. 

 

Arco dramático de la película

La película da inicio con lo que aparenta ser una clásica escena romántica: una pareja corriendo de la mano, riendo y jugueteando hasta que se detiene frente a un río. Cabiria se pone a contemplar alegremente el paisaje mientras agita en el aire su bolsa y el que, ingenuamente (tanto nosotros como el personaje), creíamos que era su enamorado, le arrebata la bolsa de las manos, la empuja al agua y huye corriendo. A partir de esta primera escena, el director ya nos da pistas de una de las principales características de Cabiria: su ingenuidad. Pero también asoma su fortaleza ante la adversidad: cuando las personas que la rescataron del río la daban por muerta, ella despierta. Lo primero que hace al despertar es buscar a su supuesto amante, Giorgio, negándose a creer lo que acaba de sucederle. A pesar de que las personas que la salvaron intentan ayudarle, Cabiria, testaruda, se niega y se va a casa.

La protagonista se niega a aceptar la realidad: Giorgio sólo la engañó para quitarle su dinero y la abandonó a su suerte en el río. Por el contrario, se culpa a sí misma de haber caído en el río, provocando que el hombre se asustara y huyera. Intenta justificarlo para no sentirse poco astuta, engañada y abandonada.  

Cabiria no entiende por qué le ha pasado lo que le pasó; devastada, al fin cae en la cuenta de los hechos, pero no entiende el porqué. Está enamorada ciegamente y se avergüenza de estarlo.

Pobre Cabiria, ingenua prostituta. Termina siempre con la frente en alto, cantando, madurando después del abandono, después de la pérdida, y se reincorpora. Es un personaje torpe, en gran medida inseguro, pero siempre íntegro.

Finalmente llega el momento de ubicarla dentro de su contexto social. En las calles de noche, a la espera de clientes, a Cabiria parece no molestarle sus trabajo: es amable con sus clientes y alegremente convive con sus compañeras y los paseantes nocturnos. Pero después de meterse en una pelea, orgullosa, se establece sola en otro punto de la ciudad, una zona elegante. Nuevamente se reafirma el carácter del personaje.

La historia da un giro cuando aparece el contraste con Alberto, un hombre elegante, agobiado, que hace de Cabiria su nueva compañía nocturna. En un inicio, Cabiria se siente dubitativa, pero posteriormente comienza a sentirse importante, siente que puede encarar a las  mujeres que la veían hacia abajo: ahora ella está al nivel, o incluso es superior, ya que está con un importante artista. A pesar de ello, en el fondo sigue sintiéndose inferior. Su expresión corporal la delata: se asombra ante cualquier cotidianidad para aquellos pertenecientes a una vida social privilegiada. Su corporalidad la hace también ver más pequeña: se encoge y teme abrirse de nuevo ante un hombre, que en realidad le es un completo desconocido. Ambas figuras comparten, intentan conocerse, para ambos es un proceso de descubrimiento, de aproximación a realidades totalmente distintas.

Tanto significa este encuentro para Cabiria que necesita probarlo. Para ella es indispensable lograr cierto reconocimiento. Cuando siente que al fin lo obtiene y se ve más segura de sí misma, llega la exótica pareja de Alberto. Cabiria es nuevamente desplazada, excluida, utilizada.

Otro episodio importante —que se ve reforzado por los pequeños símbolos introducidos previamente en la puesta en escena— muestra a Cabiria como una mujer devota de la religión católica: por la calle pasa una multitud en peregrinación y tanto Cabiria como su amiga se colocan de frente, en espera de pedirle un deseo a la virgen a su paso frente a ellas. Está ahí su religiosidad, a la que intenta seguir hasta que el deber llama.

Fotograma de «Le notti di Cabiria».

En esa misma noche, Fellini introduce diferentes episodios en los cuáles Cabiria vive, conoce, sufre y vuelve al mismo lugar, firme de nuevo. Distintos personajes, todos ellos en una misma ciudad. No todo es maldad. Después de experimentar una vida de lujos, le toca ser testigo de personas con una calidad de vida inferior al suyo, que habitan en las cuevas. Ahí observa la bondad que aún existe y se materializa en el hombre que hace beneficencia a estos individuos. Conocemos a Cabiria a través de estas vivencias, de lo que descubre  de sí misma en la interacción con otros.

Cabiria sufre ciertas transformaciones: dice que su fervor religioso no lo es todo, que es necesario realmente hacer algo por el otro, más allá de encender candelabros y lanzar oraciones. Sin embargo, después cede, se hinca y le ruega a la virgen que su vida cambie.

Después de esto, Cabiria tiene una necesidad catártica, quiere cambiar, iniciar una nueva vida. Fellini incluye también los conflictos internos del personaje que al fin se exteriorizan. Cabiria presume que por fin sabe qué hacer, hacia dónde ir. La realidad es otra y busca refugio en un pequeño teatro, donde encuentra un escape momentáneo en un evento de magia. Lo iluminación se vuelve más sombría pero el foco está en ella. Se convierte en el centro de atención y revela su más profundo deseo: encontrar el amor, sentirse reconocida; las personas se burlan, una vez más, de su inocencia. Pero la cámara reconoce a esta Cabiria fantasiosa, siempre deseosa de ser feliz, de ser amada.

Después de el show de magia en el que Cabiria fantasea con un hombre imaginario llamado Óscar, un supuesto contador toma ventaja de la situación y se acerca a ella con la intención de casarse. Cabiria sólo estaba a la espera de una revelación y siente que se ve realizada cuando un sacerdote se le acerca sugiriéndole el matrimonio. El personaje siempre estuvo en búsqueda de sí misma, en una necesidad constante de ser alguien y darle un significado a su vida. Le parece apropiado aceptar la propuesta de matrimonio de Óscar para verse realizada, por lo que una vez más confía.

En una escena muy significativa, cuando Cabiria se despide de su mejor amiga le regala la prenda que siempre utilizaba en su trabajo por las noches: su saco de peluche. Lo hace como una muestra de aprecio y de desprendimiento de la vida que está dejando atrás y a la que no pretende volver.

Por último, descubre que fue engañada nuevamente. A pesar de ser de sufrir carencias económicas, descubre que el dinero no trajo a su vida más que desgracias. El hombre con el que se casó sólo lo hizo para quitarle el poco dinero que tenía; la historia termina como inició. Y Cabiria se recupera y vuelve a sonreír gracias a la música.

 

La aristocracia italiana

La película retrata de una manera bastante veraz la vida nocturna italiana. Los personajes no se salen del estereotipo del italiano parlanchín, sobre todo al tratarse de un grupo de mujeres que en ocasiones se gritan de esquina a esquina. Cabiria forma parte de este grupo y es un personaje alegre, con su chalequito de peluche. Usa zapatos abiertos con calcetas y trae el cabello casi siempre recogido, de forma sencilla, despeinado, lo cual es referente de su clase social.

Por el contrario, también se encuentra la representación de la clase social privilegiada caracterizada por Alberto, el hombre que le da un giro a la historia, en la que ya podemos observar el choque de clases. La reacción de Cabiria ante un mundo que le es ajeno, desconocido, lejano. 

Un mundo conformado por escenarios muy distintos a los precarios a los que está acostumbrada, a su pequeña casa en las afueras y su vida en las calles; el otro mundo es uno de clubes elegantes con bailarines, autos lujosos, cenas y mansiones espaciosas con servidumbre. Mujeres bien arregladas y hombres de traje.

Fotogramas de «Le notti di Cabiria».

Puesta en cámara: los retratos de Cabiria

En un inicio, la cámara sigue a Cabiria en su retorno a casa después de casi morir ahogada. Los planos son amplios y vacíos a excepción de Cabiria, que corre decidida. Todos aquellos en que el personaje se siente perdido y solo, suelen colocarlo pequeño entre grandes dimensiones.

Este tipo de decisiones son parte del lenguaje cinematográfico y nos recuerdan que la cámara no es sólo un instrumento para llegar a la historia, sino que forma parte de la misma. Además de ser un elemento estilístico en la obra del director, es también parte de la construcción de aquello que vemos en pantalla.

Otro rasgo común en la puesta en cámara consiste en ver a los personajes llegar a su destino para luego formar parte de su confusión o emoción, cuando salen de este, acercándose a la cámara. Como la escena en que Cabiria llega finalmente a casa en busca de Giorgio en un plano completo, para terminar decepcionada frente a la cámara en un plano medio. Ésta se vuelve una constante a lo largo de toda la película: cuando Cabiria entra en cuadro en busca de algo o sola, posteriormente sale del encuentro dirigiéndose hacia la cámara, terminando en un encuadre más cercano, en el cual ya podemos apreciar sus expresiones.

Fotograma de «Le notti di Cabiria».

Fotograma de «Le notti di Cabiria».

Cuando Cabiria se encuentra en las calles con el resto de sus compañeras prostitutas, existe un juego de luces y sombras. Una de las prostitutas pretende actuar con su propia sombra. Son mujeres que pasan la noche ahí, con quienes podrían ser sus amigas, pero que se convierten en competencia a la llegada de un hombre.

Fotograma de «Le notti di Cabiria».

Cuando Cabiria se incorpora al mundo de Óscar, la puesta en cámara favorece este contraste; la sigue, haciéndola verse pequeña, fuera de lugar, o bajo las sombras delatando su inferioridad: un ser pequeño descubriendo un nuevo mundo.

Cabiria, al fondo, pequeña. Imagen: fotograma de «Le notti di Cabiria».

Fotograma de «Le notti di Cabiria».

Fotograma de «Le notti di Cabiria».

Cuando Cabiria es nuevamente desplazada, regresa a las sombras.

Fotograma de «Le notti di Cabiria».

El montaje es clásico, tradicional, sigue una narrativa cronológica, sin saltos de corte ni notorias elipsis. Siempre favorece al ritmo emocional de la historia.

 

Cabiria, música y redención

La música también trata de un personaje que, a pesar de aparentar rudeza, es soñador y romántico en su interior. Es obra del el compositor por excelencia de Fellini, su compatriota Nino Rota. En muchos momentos la música es alegre y añade a la esencia de la historia y del personaje, que la canta a veces alegremente, con nostalgia. El que Cabiria acompañe la música cantando se vuelve la premisa de Fellini: ese agraciado personaje que sigue cantando a pesar de las peripecias que la vida le presenta. El personaje que puede ser salvado por su bondad interna aun cuando vive bajo estándares que la sociedad considera bajos y/o equivocados. A pesar de que en el exterior pueda llegar a ser grosera, gritona o malagradecida.

¿Qué es lo que hace que simpaticemos con Cabiria, que podamos apreciarla como un personaje bonachón? Sin duda la música es un elemento siempre diegético que aporta a la construcción del personaje.

Cabiria se deja envolver por la música, al igual que los personajes de su saco favorito, inmersos en su baile. Ella se deja llevar por la música, bailando y cantando, olvidándose de sus malestares. La música es parte de su redención y reconciliación con la vida.

Fotograma de «Le notti di Cabiria».

Fellini, que acostumbraba tratar los vicios y aspectos burdos y miseria de Italia, concentraba sus historias (o la mayoría de ellas) en la ciudad. Coloca a los personajes siempre dentro del espacio en relación a la situación y emoción en que se encuentran. Cabiria y el resto de las prostitutas viven en las afueras, en un lugar rezagado, en pequeñas casas apenas construidas con ladrillos y tablones en las ventanas, separadas unas de otras por grandes extensiones de terreno vacío.  

El director italiano otorga la debida importancia a los espacios, siendo estos parte crucial en los contrastes que pretende retratar: la ajetreada ciudad contra la tranquilidad de los suburbios. Cómo Cabiria se desenvuelve en ambos, en la intimidad de su hogar y en el torbellino citadino al que se enfrenta todas las noches.

Cabiria es un personaje que pretende romper con los estereotipos. Tiene la inocencia que no se esperaría de una mujer dedicada a la prostitución. En su cuarto, sobre su cama tiene una imagen de la virgen, por lo que Cabiria es católica, ¿cómo es que una prostituta tiene una imagen de una virgen sobre su cama? Sin embargo, son estos elementos los que inspiran a Cabiria, los que denotan el porqué de sus acciones, su gracia y fortaleza interna.

Fotograma de «Le notti di Cabiria».

Siempre que Cabiria se hunde en su propia tristeza, producto de engaños propios de su ser inocente, usa su saco favorito, una especie de suéter largo, con un estampado de una pareja mexicana abrazada, en posición de baile. Un mariachi y una china poblana, enamorados. En el vestido de la mujer hay un letrero que dice: «¡Viva México!»Parece cruel el guiño, el simbolismo, pero al parecer Fellini también encontraba en México a un país inocente, que se dejaba engañar y que vivía de sus alegres costumbres que cubrían sus desgracias, que evadían su realidad.

La película recibió el galardón a mejor película extranjera por la Academia. Siendo el segundo Premio Oscar que recibiría Fellini. El primero lo recibió por La Strada (1954). Con Las noches de Cabiria, Fellini se consagra como un auteur —es decir, que comienza a ser reconocido por un estilo particular de narrar historias a veinticuatro cuadros por segundo—. Los premios siguieron reconociendo el talento del director italiano. Sin embargo, y regresando a la película en cuestión, lo más destacable es su sensibilidad para construir personajes entrañables, para hacer que la audiencia cuestione su propia moralidad. ¿Acaso alguien se atrevería a juzgar a la inocente y soñadora Cabiria por ser una prostituta?


Graciela Ríos Vázquez. Egresada de la carrera en comunicación y artes audiovisuales por el ITESO. Ha participado en diferentes proyectos audiovisuales como guionista, directora y editora. Ha colaborado con cine qua non y Cultura Colectiva escribiendo de algunas de sus películas favoritas.


Le notti di Cabiria | Las noches de Cabiria [título en español]
1957 | 110 minutos | Italiano| Italia/Francia
Dirección: Federico Fellini
Guión: Federico Fellini, Ennio Flaiano, Tullio Pinelo y Pier Paolo Pasolini
Producción: Dino De Laurentiis
Casas productoras: Dino de Laurentiis Cinematografica y Les Films Marceau
Reparto: Giuletta Masina, François Périer, Franca Marzi
Fotografía: Aldo Tonti
Música: Nino Rota
Edición: Leo Cattozo


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