Las estaciones de la vida

Debra Figueroa
@debrafig

[colaboradora invitada]

Pese a las particularidades —en principio, taxonómicas— que nos definen y distancian a unos de otros, los seres vivos reaccionamos de formas muy parecidas en nuestro tránsito progresivo por la realidad. A merced de solsticios y equinoccios aguardamos las transformaciones de nuestro entorno con la serenidad que la experiencia nos brinda y nos acomodamos a los caprichos de la naturaleza que, con texturas diversas, adorna el deterioro de las cosas: la medida de la ocurrencia —el tiempo— se vuelve palpable.

Los humanos sabemos que si logramos sortear las amenazas de la infancia, la juventud y la adultez, probablemente llegaremos a ver nuestros rostros arrugados. Es tan frágil el cuerpo y son tantas las peripecias a las que debemos hacer frente, que la vida puede comprenderse como un triunfo de la casualidad y de nuestra disposición a seguir existiendo. A pesar del tiempo.

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[Advertencia: a partir de este punto el texto revela elementos de la trama de la película.]

Primavera, verano, otoño, invierno… y primavera fue la novena película de Kim Ki-duk. Quien se inicie en su filmografía con este largometraje corre el riesgo de pensar que es un director sumamente comprometido con la tradición, el pasado y sus resonancias contemporáneas más fieles. La trama, la locación paradisiaca, el ritmo parsimonioso, el ascetismo como elemento narrativo que participa a través de prácticas simbólicas e iconografías… son capaces de complacer cualquier mirada anacrónica y estereotipada de lo oriental. No obstante, los conflictos que turban la tranquilidad de los personajes suponen quiebres importantes que logran cuestionar e incluso pervertir el virtuosismo que comúnmente atribuimos a ciertas figuras.

Las estaciones de la vida es otro nombre con el que se le conoce a esta película. Me gusta porque la condensa de manera fácil, precisa y bella. La cinta narra diversos procesos por los que atraviesa un hombre en su formación como monje budista, desde que es un niño hasta que alcanza la madurez, siguiendo las enseñanzas —que en algún momento pasa por alto— de su viejo maestro. Cada estación representa un periodo distinto de la vida de sus protagonistas, que con fines narrativos se empalma con las transformaciones que sufre el paisaje durante un año (primavera, verano, otoño, invierno) y el principio de otro (… y primavera). Este reflorecimiento advierte la existencia de una especie de registro que lo vivo guarda para continuar; una memoria que se objetiva en la reproducción y asegura la prevalencia de la vida: un tiempo cíclico. Los lindes de la estaciones están definidos por sucesos que afectan el temperamento del protagonista; son la medida del tiempo y las pautas que encauzan el drama.

Primavera

En un monasterio que flota sobre un lago rodeado de montañas, un viejo monje tiene a su cargo a un niño. El pequeño reproduce sus enseñanzas, que no bastan para reprimir conductas malsanas, como dañar animales por diversión: creyéndose solo, ata piedras a pequeños animales que encuentra: un pez, una rana, una serpiente. La corrupción parece una tendencia natural que no exige referencias de la vida en colectividad, como si en medio de las montañas bastara la noción de otro (un animal, en este caso) para que la crueldad emerja. El viejo monje, que estuvo observando lo que hacía, ata una roca al niño mientras duerme. Cuando, al despertar, el pequeño se queja de la carga, el viejo le ordena que vaya en busca de todos los animales y los libere, y sentencia: «… si alguno de los animales, el pez, la rana o la serpiente está muerto, cargarás la piedra en tu corazón para el resto de tu vida».

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Verano

El pequeño monje ahora es un joven. Dos mujeres, madre e hija, solicitan que se les reciba en el monasterio. La chica, lánguida, padece alguna enfermedad. El viejo acepta que permanezca con ellos hasta que esté sana. La presencia de ella despierta el entusiasmo y el deseo sexual latente del joven, quien la convence de escapar con él en varias ocasiones a los alrededores. El flirteo a espaldas del viejo monje reanima a la chica. El sexo o remedio para melancólicos de Bradbury, hace efecto. Un día, luego de una escapada, el monje los sorprende y, viendo que la chica está curada, le dice que puede retirarse. «La lujuria despierta el deseo de poseer. Y eso despierta la intención de asesinar», advierte al joven, quien poco después, destrozado por la partida de la chica, decide abandonar el monasterio e ir a buscarla.

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Otoño

El viejo monje lee en el periódico que un hombre asesinó a su esposa por celos. Reconoce el rostro de inmediato. Poco tiempo después llega el fugitivo. El viejo lo recibe. El hombre emprende una serie de rituales de redención. Dos policías llegan al monasterio para capturarlo, pero al ver el empeño que ha puesto en su proceso, lo dejan continuar hasta el final; incluso lo ayudan a concluirlo. Habiendo terminado, lo llevan consigo. Pasa el tiempo. El viejo monje se marchita y decide morir al fuego de una hoguera en el bote que solía transportarlos a él y a su discípulo de la casa flotante a las orillas del lago.

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Invierno

El discípulo ahora es un hombre maduro —interpretado por Kim Ki-duk—. Cumplió su pena en prisión y volvió al monasterio, donde replica las enseñanzas de su maestro. Un día recibe a una mujer con un niño en brazos; ella, quien más tarde morirá en un accidente en el lago helado, lo deja bajo su cuidado. Él continúa su proceso de redención: con una roca atada a su torso, sube al punto más alto. Allá arriba, satisfecho y en paz, observa el lago y la casa flotante.

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… y primavera

El discípulo ha adquirido madurez y sabiduría; está listo para ser el maestro. El pequeño huérfano, su aprendiz —interpretado por el niño de la primera primavera—, evoca su infancia con el viejo monje y anuncia un nuevo comienzo.

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¡Sexo, violencia!

Hace poco leí que el cine de Kim Ki-duk no es muy apreciado en su país; lo decía un migrante establecido en Seúl. Según él, no es bien vista la afición de este director a la miseria de su sociedad; tampoco el prestigio internacional que ha ganado mostrándola en varias de sus películas. En la universidad, cuando quise hablarle a mi amigo Sangmo, estudiante surcoreano visitante, sobre mi entusiasmo con Kim Ki-duk, hizo una mueca de repulsión y, agitando sus manos de un lado a otro, profirió «¡Oh, no!, ¡sexo, violencia!». Tras el desaire me pareció poco pertinente mencionar a Park Chan-wook.

Luego de un pobre recuento de mis aproximaciones a Corea del Sur, la que más aprecio, en riña con el tiempo que asistí religiosamente al dojang de mi barrio y pese a lo que opine Sangmo, es la que me ha brindado el cine de Kim Ki-duk. No deberían preocuparse los surcoreanos. Sé que la Corea del Sur que veo ahí es la Corea del Sur de Kim Ki-duk. Cuando mi amiga Jinju y yo nos conocimos, ella no tuvo empacho en precisar que era de la Good Korea: la Corea del Sur que más precaución reclama a mi curiosidad antropológica. Me quedan la Corea del Sur del ASIAN Market, la de la poesía de Ko Un, la de los surcoreanos haciendo fila detrás de una arrocera mientras yo me preparaba un sándwich, la de los reportajes sobre cirugías plásticas…


Debra Figueroa. Zapopan, 1989. Es coeditora de la revista «ACTA de arquitectura» y estudiante de Comunicación Pública en la Universidad de Guadalajara. Una vez al mes escribe en el blog de Impronta, Casa Editora. ~ ventanasabiertas.com


Bom yeoreum gaeul gyeoul geurigo bom | Primavera, verano, otoño, invierno… y primavera [título en español]
2003 | 103 minutos | Coreano | Corea del Sur / Alemania
Dirección: Kim Ki-duk | Guión: Kim Ki-duk
Productor: Karl Baumgartner y Lee Seung-jae | Casa productora: Korea Pictures, LJ Film y Pandora Filmproduktion
Reparto: Oh Yeong-su, Kim Young-min, Seo Jae-kyung, Kim Jong-ho, Ha Yeo-jin y Kim Ki-duk
Fotografía: Baek Dong-hyeon | Música: Ji Bark | Edición: Kim Ki-duk


 

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