Cavar nuestra tumba

Adrián Carrera Ahumada
@acarrahu

Padecemos de semiosis crónica. La búsqueda por dotar de sentido a nuestros días nos persigue hasta el final. Las religiones y las ciencias se erigen como las mayores portadoras del mismo. Brindan explicaciones que millones consideran suficientes. Hacen más vivible la existencia humana. Sin embargo, aún con el cobijo de estas grandes fuentes de sentido, en ocasiones la vida parece insoportable: el mundo se presenta como un monstruo abrumador que engulle todo, el otro como un demonio egoísta que lacera cuerpos y uno mismo como un ente insignificante cuyo destino es morir y ser olvidado (el olvido: la segunda muerte). Entonces es cuando emerge la esperanza como último recurso, como síntoma de la semiosis crónica: pensar que, aunque la razón señale lo contrario, el curso de las cosas puede cambiar, ser mejor —lo que sea que sea ser mejor. La imaginación, quizá, y el (in)consciente autoengaño: la esperanza como una creencia necesaria. El de la esperanza es, entonces, un asunto de sobrevivencia moral.

Sin embargo, hay búsquedas mucho más primordiales. Nuestro estar en el mundo se encuentra atado al cuerpo, que requiere de condiciones materiales mínimas para subsistir. De ahí se deriva la búsqueda por satisfacer las necesidades básicas. Las búsquedas por la supervivencia moral y por la física son permanentes e indisolubles, inherentes a la condición humana. Sin embargo, en ocasiones perdemos de vista la segunda. ¿Cuántas personas tienen que (pre)ocuparse no solo por dar sentido a sus días —por hacerlos tolerables— sino también por llevarse un pan a la boca que les permita amanecer a la mañana siguiente?

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Setsuko en una escena de «La tumba de las luciérnagas».

En La tumba de las luciérnagas (1988), adaptación que Isao Takahata hizo de la novela de Akiyuki Nosaka, vemos a los hermanos Setsuko y Seita en estas dos búsquedas de manera simultánea. Viven en el Japón que está a punto de perder la Segunda Guerra «Mundial», un Japón en el que los bombardeos aéreos son tan frecuentes como las puestas de sol. Un entorno bélico que, en un suspiro, les arrebata a su madre. Setsuko, una pequeña niña, no se da por enterada, pero sí lo hace Seita quien, ante la ausencia de sus padres —el papá está luchando en la guerra— asume su rol de protector.

Es así como los hermanos se ven forzados a vivir con su tía, que no resulta de lo más cálida o solidaria. La relación resulta más bien utilitaria. Familia no son aquellos con los que se tiene lazos sanguíneos, sino con quienes se comparten rituales y afectos recíprocos. Setsuko y Seita no cuentan con familia, así que abandonan la casa de su tía: quedan solos contra el monstruo.

Cada esfuerzo por conseguir un trozo de comida es acompañado por uno que trata de mantener viva la esperanza. Seita, el hermano mayor, asume el rol de proveedor. Cuando la situación se complica y recurre al hurto de alimentos es castigado por ello, pero no tanto, ya que se topa con alguien que entiende lo absurdo de algunas leyes cuando el hambre impera.

Sobreviven en un Japón en el cual el dinero va perdiendo su valor. Queda entonces de manifiesto la fragilidad de un sistema económico que es también un diseño maleable, un artificio que cede ante la realidad material. ¿Para que quiere dinero un campesino si con él no puede comprar nada y ya cuenta con alimento? Las búsquedas se priorizan  y la subsistencia material emerge en primer lugar. A veces hay que ver al abismo para recordar que pisamos firme.

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En medio de toda la debacle, hay lugar también para las risas, para el lado amable de la vida. Setsuko tiene su inocencia y una lata con caramelos de fruta; nosotros tenemos romances, viajes, fiestas, conciertos. La risa es la manifestación más sincera de la (des)esperanza. En ese sentido, La tumba de las luciérnagas comparte principio con La vida es Bella.

Pero llega un punto en que no hay más caramelos. Sin embargo, la esperanza es capaz de permanecer hasta el final, aun en la extinción de los cuerpos puede haber una victoria moral, personalísima. Es en el encuentro con la muerte cuando hayamos cura a la semiosis crónica, ese lastre y motor que adquirimos junto con la consciencia. Lo que hacemos durante la vida no es más que cavar nuestra tumba.

Tanto la obra más reciente de Takahata —La princesa Kaguya (2013)— como La tumba de las luciérnagas denotan un esfuerzo del cineasta japonés por abordar el tema de la muerte y tomar postura frente a ella. En ambos filmes se le presenta como una madre cariñosa que llegado el momento brinda su cálido abrazo, como una conclusión triste pero necesaria, como un componente más del ciclo eterno del devenir. En La tumba de las luciérnagas, la música de Michio Mamiya corona un guión humilde materializado en una bella y conmovedora película que nos recuerda que al final de tantas búsquedas solo queda una certeza: somos nada, luciérnagas que se apagan.

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Hotaru no haka | La tumba de las luciérnagas [título en español]
1988 | 89 minutos | Japón
Dirección: Isao Takahata | Guión: Isao Takahata (adaptado de la novela de Akiyuki Nosaka)
Producción: David del Río y Toru Hara | Casa productora: Studio Ghibli
Reparto: Tsutomu Tatsumi, Ayano Shiraishi, Yoshiko Shinohara…
Fotografía: Nobuo Koyama |Música: Michio Mamiya | Edición: Takeshi Seyama


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