La ralentización política del tiempo: un alegato

Rebeca Ferreiro
[colaboradora invitada]

Existen muchos tiempos. El tiempo eterno de los religiosos, el desdoblado de los viajes entre siglos, el apocalíptico de Huxley, el futurista de Asimov. Y luego está el tiempo, relativo, de los autoritarismos y las dictaduras. El tiempo que cambia según el sistema de referencia del observador, un tiempo pacífico para unos y terrorífico para otros en el que suele triunfar la visión optimista de los dominantes con un retoque civilizatorio de acontecimientos. Tiempos tan controvertidos que han debido pasar décadas antes de que se les observara desde la mirilla de una cámara curiosa.

Así fue para Rojo Amanecer (Fons, 1989) y su selectiva temporalidad sobre un año extraño en la cronología mexicana: 1968. Para los altos mandos del gobierno y el monopolio mediático de la época —dependiente de las restricciones del Estado—, así como para la mayoría de los mexicanos ávidos televidentes de canal 2, fue el año de las Olimpiadas, con un acento que destaca —incluso hasta hoy— los días que corrieron del 12 al 27 de octubre. Un estuche de monerías. Para otros más, estudiantes de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), el Instituto Politécnico Nacional (IPN), así como adherentes que provenían de otras universidades mexicanas y algunos medios internacionales con reporteros residentes en la capital del país, fue el año en el que México formó parte de una oleada de movimientos sociales internacionales que tenían en común la resistencia ideológica de los jóvenes frente a gobiernos autoritarios de apariencia democrática. Para ellos, el emblemático año no había empezado el 12 de octubre, sino algunos meses atrás, el 22 de julio, con una pelea entre equipos de futbol pertenecientes a escuelas del IPN y la UNAM y había terminado abruptamente el 2 de octubre, con la presencia de militares en la Plaza de Tlatelolco y la muerte de cientos de estudiantes que a duras penas fue informada por los medios de comunicación de la época a nivel nacional.

Fotograma de «Rojo amanecer».

Fotograma de «Rojo amanecer».

Pasaron más de dos décadas antes de que se pudiera realizar una narración audiovisual libre de autocensura acerca de los acontecimientos de un solo día de ese peculiar año. Fue una película mexicana que no pretendía recabar datos o recopilar hechos documentales precisos (aunque también incluyó algunos), sino presentar mediante la ficción una serie de cuestionamientos que el entorno de entonces no había permitido emitir. Rojo Amanecer, fue ese filme que, dirigido por Jorge Fons y financiado por el actor Héctor Bonilla —de recursos estatales ni hablar—, no había elegido la versión oficial de las élites políticas ni la estricta reivindicación documental de la matanza, sino este otro momento paralelo a la propaganda olímpica, donde se cocinaba el ultimátum militar a un movimiento estudiantil que enturbiaba la imagen de estabilidad de un México que estaba a punto de recibir delegaciones de los más lejanos rincones del mundo, a propósito de una justa deportiva de importancia diplomática y política internacional. La historia de Fons transcurría, sin embargo, en la intimidad de un hogar cualquiera enclavado en la también llamada Plaza de las Tres Culturas.

No repetiré en estas líneas las peripecias que tuvo que sortear la producción de un filme independiente que, a pesar de los 21 años transcurridos, aún padecía la censura al referirse a un capítulo no escrito de la historia nacional en el cual el gobierno (entonces priista como lo es también en el presente) se deshacía de sus principales críticos de maneras turbias; ni sus filmaciones nocturnas a puerta cerrada para evitar incómodas inspecciones de enviados de la Secretaría de Gobernación, ni el corte de tres escenas fundamentales que la misma Secretaría hizo suprimir para permitir su estreno y que versaban sobre una crítica al ejército mexicano (uno de los tabúes nacionales todavía vigentes), ni el envío de copias todavía no censuradas de la película a Estados Unidos y Cuba para autoprotegerse; no lo repetiré, aunque ya lo he dicho.

Lo que importa ahora, al menos para los fines de este comentario, es la compensación tanto en la focalización como en el discurso visual y verbal de aquella indisoluble ralentización temporal producto de la presión política, que llevó al cine —como práctica discursiva— a guardar silencio, y a los realizadores a matizar la crítica. Quizás precisamente por ello los personajes de esta historia son a tal grado arquetipos de los diferentes discursos que podrían analizarse en el conflicto del 68 (el estudiante en pie de lucha —al más puro estilo «ser joven y no ser revolucionario es una contradicción hasta biológica»—, los adultos asimilados al sistema y decepcionados de la política, los ancianos ponderando el ensoñado «todo tiempo pasado fue mejor», los militares irracionales obedientes de un sistema asesino, los grupos paramilitares —peligrosos por esencia—, los niños perdidos en la desesperanza) que ofrecen un panorama de golpe frustrante y profundamente desalentador. De golpe, así sobrevienen en 100 minutos (24 horas al interior de la narración) las omisiones de una historia que no terminó aquel 2 de octubre sino que continuó años después sobre la indiferencia de las generaciones que se permitieron olvidar, así como el régimen había propiciado y previsto.

Gustavo Díaz Ordaz, presidente de México de 1964 a 1970. Foto: Hakon Viking / Wikimiedia Commons.

Gustavo Díaz Ordaz, presidente de México de 1964 a 1970. Foto: Hakon Viking / Wikimiedia Commons.

Para quienes no olvidaron, la ficción de Rojo Amanecer era apenas la punta del iceberg de un tiempo que había que recuperar a marchas forzadas antes de que definitivamente se olvidaran los hechos, los testimonios y las vidas perdidas. Para ello, la fuerza del discurso debía estar con los estudiantes, de modo que los argumentos militares («no le abran a nadie y no se acerquen a las ventanas»), los de los adultos apáticos («con el gobierno no se juega», «dejen de estar de revoltosos») y los de los ancianos retrógradas («con esos pelos largos ni parecen hombres») quedasen claramente descalificados frente a las razones provenientes de la juventud consciente de que «en estos tiempos es más peligroso ser estudiante que criminal». El mensaje de la imagen es aún más contundente: las armas son empuñadas por grupos militares y paramilitares, los asesinados son estudiantes que protestan y adultos dispuestos a protegerlos; las consecuencias para el Estado, nulas. Un Estado que ya antes había anunciado su política al respecto: «Hemos sido tolerantes hasta excesos criticados», aseguraría Gustavo Díaz Ordaz en el Informe de Gobierno el 1 de septiembre de 1968 justificando el uso de la fuerza pública. De golpe, el tiempo parece haberse desahogado con aquel balazo de la secuencia final que empuja a salir de su escondite el menor de los hijos de una familia desaparecida, sólo para encontrarse en la calle con una realidad más cruda que la soledad: la compañía de los militares.

Agosto de 1968. Ejército mexicano en el Zócalo de la Ciudad de México.

Agosto de 1968. Ejército mexicano en el Zócalo de la Ciudad de México.

Con esa misma flexibilidad política que hace del tiempo una selección cuidadosa de instantes relevantes a la vez que una sistemática omisión de inconvenientes desde la perspectiva de determinadas élites del poder, los años transcurridos desde el 11 de septiembre de 1973 hasta el plebiscito del 5 de octubre de 1988 en Chile, son un periodo propicio para la interpretación. Años de paz y prosperidad dirán los allegados a Augusto Pinochet, no de dictadura sino de «dictablanda» como calificara el propio General a un régimen que se instauró a fuerza de golpe militar, cooptación de medios informativos y encarcelamiento y asesinato de comunistas simpatizantes del gobierno del expresidente Salvador Allende. Para otros, años de dictadura.

Para los primeros, el éxito vino con el golpe de Estado de las fuerzas armadas y la deposición de Salvador Allende —por cierto, el primer y único mandatario marxista electo democráticamente en América—; en cambio, para los segundos sobrevino quince años más tarde, con la presión internacional que empujó a Pinochet a legitimar su gobierno instando a la creación de un plebiscito con una pregunta en apariencia simplona, aunque de solución nada simplista: ¿debía continuar Augusto Pinochet gobernando en Chile? ¿Sí o no? Ambas fracciones contarían con 27 días y quince minutos en cada uno, para demostrar, convencer y afianzar una respuesta en los espectadores. La resolución final —no sin que mediara una ardua batalla publicística, ideológica y política— fue «No».

Augusto Pinochet. Foto: Biblioteca del Congreso Nacional de Chile.

Augusto Pinochet. Foto: Biblioteca del Congreso Nacional de Chile.

Sin embargo, pasaron 24 años sin que el cine contase la historia de ese mes que marcó el cambio del curso político de aquel país. Otra vez, el tiempo de los regímenes autoritarios parece desdoblarse a un ritmo que no coincide con el contexto de los acontecimientos. No (2012), dirigida por Pablo Larraín, es un recuerdo resignificado, redignificado, de la defensa de la opción menos privilegiada de la contienda. En 1988 fue la televisión —a duras penas— el único campo de batalla posible para una opción silenciada y, tras el tiempo transcurrido desde entonces, lo que se concibió como un logro sin precedentes en el régimen de Pinochet —ese caballo de Troya que eran los 15 minutos al aire de la opción del «No»— hoy se ha convertido en un hábito. ¿Tiene algún sentido puntualizar ahora el derecho a expresar opiniones distintas? ¿Hoy que resulta una obviedad la consecución de tal derecho con las elecciones celebradas a propósito de aquél plebiscito en 1988?

Precisamente la obviedad del derecho ganado pasó por alto las violaciones a la libertad de expresión que fue necesario superar en un contexto adverso, donde la legalidad no garantizaba la equidad informativa. El juego se celebró con reglas distintas para ambos y, sin embargo, no era opción no jugar. No, es el discurso audiovisual que intenta emular la imagen «impura» y «oscura» (así la recuerda Larraín) de aquellos años 80, cuando los chilenos estaban acostumbrados a ver al general en pantalla reconocer que «enfrentar al comunismo requiere un régimen autoritario» o que había sido «necesario restringir totalmente la actividad gremial». El hartazgo político de los largos 15 años que precedieron a aquellos 27 días, probablemente, contuvo el deseo social —materia para el realizador cinematográfico— por contar con lujo de detalle y tiempo suficiente los embustes del gobierno que permite un plebiscito que no está dispuesto a perder.

Imagen de la película «No».

Imagen de la película «No».

De nuevo, una expresión fílmica compensa los años de silencio cargando al personaje protagónico (el publicista exiliado y retornado a Chile, René Saavedra) de los hartazgos de la generación previa y las esperanzas de la que viene. René es el eje en el que confluyen los distintos intereses que se aglutinaron en el «No», a tal grado que la mayoría de los personajes que representan a los diferentes partidos opuestos al régimen oficial, conservan en la ficción sus nombres y posturas reales, todos reunidos a un mismo tiempo empalmando las demandas, las protestas, los desaparecidos, los asesinados y encarcelados desde 1973. Sin embargo, el discurso de salida ha debido trascender al personaje protagónico y plasmarse en la campaña proyectada en pantalla del «No», como una que llama al enfrentamiento al «Sí» sin violencia ni miedo, concluyendo de forma resuelta como «la patria será grande cuando ningún chileno tenga miedo de otro chileno. Chile será grande cuando todos tengan un lugar en la patria (…) la paz se logra en democracia».

Un año en un día, quince años en quince minutos diarios, es la síntesis conceptual con la que estas interpretaciones fílmicas intentan compensar simbólicamente la omisión de años —de etapas nacionales complejas— y los motivos políticos del silencio, concediendo megáfonos al tiempo, poniendo bajo lupa al reloj, entregando la pantalla a aquellos momentos que parecían perdidos.


Rebeca Ferreiro González. Licenciada en Letras Hispánicas, maestra en Comunicación, doctoranda en Ciencia Política. Publicó en 2012 el libro «De cine, religión y política: una negociación poco ortodoxa». Actualmente investiga sobre los discursos cinematográficos como vehículo para la comunicación política. Gusta del cine, la literatura, la política y otras mezclas duras.


Algunas referencias:


Rojo amanecer
1989 | 96 minutos | Español | México
Dirección: Jorge Fons | Guión: Guadalupe Ortega y Javier Robles
Producción: Héctor Bonilla y Valentín Trujillo | Casa productora: Cinematográfica Sol
Reparto: Héctor Bonilla, María Rojo, Jorge Fegan…
Fotografía: Miguelo Garzón | Música: Eduardo Roel y Karen Roel | Edición: Sigfrido García Jr.

No
2012 | 118 minutos | Español | Chile
Dirección: Pablo Larraín | Guión: Pedro Peirano (adaptación de obra de teatro El plebiscito de Antonio Skármeta)
Producción: Juan de Dios Larraín y Pablo Larraín | Casa productora: Fábula
Reparto: Gael García Bernal, Alfredo Castro, Luis Gnecco…
Fotografía: Sergio Armstrong | Música: Carlos Cabezas | Edición: Andrea Chignoli


 

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