«La libertad del Diablo», o la violencia y los (nos)otros

Fotograma de «La libertad del Diablo». Crédito: Animal de Luz Films.

Por Adrián Carrera Ahumada | @acarrahu

 

 «(…) ponle una careta a un hombre y verás quién realmente es»
El Cuarteto de Nos

Existe una aparente dicotomía entre la figura del cineasta como creador, como artista preocupado por lograr belleza y sin obligación moral hacia su entorno o sus semejantes, en contraposición al que está comprometido con una causa y antepone lo social a lo formal, además de  situarse próximo a la militancia. Esta dicotomía encuentra su punto de equilibrio en la obra de Everardo González (aquí la entrevista que le realizamos en 2016). Su más reciente documental, La libertad del Diablo (2017), tuvo su premier latinoamericana en la edición 32 del Festival Internacional de Cine de Guadalajara (FICG), donde ganó el Premio Mezcal a mejor película mexicana y el premio a mejor documental iberoamericano.

En el Festival Internacional de Cine de Berlín —la Berlinale— dicho filme obtuvo el reconocimiento Amnistía Internacional. No es para menos: La libertad del Diablo se compone principalmente de testimonios de quienes han sido tocados por la violencia imperante en gran parte de México. Familiares de personas desaparecidas, jóvenes sicarios, una madre que perdió a sus hijos y además enfrentó la indiferencia del Estado, un exmilitar, un policía federal que hace justicia por su cuenta…

La libertad del Diablo presenta historias durísimas y crudas que en sí mismas ya son potentes narrativamente hablando. Pese a ello —y aquí reside el riesgo y uno de los principales méritos de la película— González realiza una apuesta con fuertes implicaciones éticas y estéticas: todas las personas que aparecen llevan una máscara lisa, color arena, que solo deja ver sus ojos, boca, nariz y orejas. Como elemento, la máscara es el leitmotiv cinematográfico que se explicita en la última línea del primer diálogo de la película: «todos somos de la misma especie».

El director ha contado que, durante las entrevistas para su documental —realizadas por él mismo—, detrás de la cámara había un espejo. Entonces quienes contaban su historia no solo veían a quien les hacía preguntas, sino también a sí mismos portando la máscara. El efecto es devastador. González ha dicho, también, que la determinación de la máscara fue tomada en conjunto con sus personajes; que, de hecho, fue cuando ellos aceptaron que él supo que esa decisión era la correcta. En un punto de la película, uno de los asesinos entrevistados mira fijamente a la cámara. Everardo hace que un sicario nos mire a los ojos, pero sobre todo que lo miremos a él. La máscara, la lente y el espejo.

Con La libertad del Diablo, Everardo González retrata en primer plano diferentes facetas de la violencia y el horror. Parece decirnos: en México el diablo anda suelto y tiene el mismo rostro que nosotros. Aunque hay una precisión que hacer: en principio las máscaras que vemos son todas iguales, pero luego se van distinguiendo: algunas se oscurecen producto de las lágrimas de quienes las portan. Y no todos lloran.

Fotograma de «La libertad del Diablo». Crédito: Animal de Luz Films.

La fotografía de María Secco (Te prometo anarquía, La jaula de oro…) en combinación con la música de Quincas Moreira —quien trabajó antes con Everardo— generan una atmósfera sórdida. Los testimonios son intercalados mediante bellas transiciones que muestran una diabólica cotidianidad. Cuando uno de los entrevistados aparece a cuadro, casi siempre es una toma cerrada. Así es como el filme muestra de cerca —emocional y literalmente— a los personajes y su contexto. Sin ver su rostro, vemos sus miradas y oímos su voz —con sus acentos, matices, tonos—: el ocultamiento es también una forma de revelar.

La libertad del Diablo transmite el dolor de sus personajes y retrata una realidad terrible, pero no se limita a ello. Esto hace que el filme sea más valioso: no solo es un crudo testimonio sino también una reflexión sobre el poder, el miedo, la empatía y la compasión; es además una provocación en torno a la dicotomía víctima-victimario y las formas en que el documental como género presenta una verdad en pantalla.

Por un lado, estamos frente a la consolidación de Everardo González como documentalista; por el otro, padecemos —unos más que otros— una realidad social que machaca vidas. Lo primero es para celebrar, lo segundo debería, al menos, preocuparnos, doler.

El final de la película es otra apuesta de Everardo que puede interpretarse como una incongruencia estética y narrativa, o como una ruptura, un giro que apunta hacia la pérdida del miedo y la emergencia de la compasión en medio de este infierno.


La libertad del Diablo
2017 | 73 minutos | Español | México
Dirección: Everardo González
Guión: Everardo González y Diego E. Osorno
Producción: Inna Payán y Roberto Garza
Casa productora: Animal de Luz Films, Artegios y Bross al cuadrado
Fotografía: María Secco
Música: Quincas Moreira
Edición: Paloma López Carrillo


Related Post

Trackbacks & Pings

¿Qué opinas?