«Green Room»: El punk como complemento del terror

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Por Bryan Guevara |@BryGuev

 

El cine de terror y horror son predominantes en estos días, y es por eso que a menudo suelen confundirse. El terror es el miedo que un individuo experimenta ante un suceso real. Por otro lado, el horror es una emoción que se asocia con otras como la desesperación y la aversión. En este caso se le denomina horror a una emoción que se experimenta ante un hecho inexplicable y sobrenatural. Una persona puede entrar en pánico al sentirse aterrorizada, pero no necesariamente lo hará cuando se sienta horrorizada.

En el cine de horror encontramos musicalizaciones similares: las películas más tradicionales presentan arreglos de cuerda, generalmente agudos, que avanzan en tiempos pausados y tocan notas altas en un momento determinado para enfatizar una escena de gran impacto. Hoy en día lo podemos ver muy presente en el cine de James Wan (véase Insidious (2010) como mejor ejemplo). Otro gran ejemplo es The Witch (Eggers, 2015), película cuya ambigua trama podría hacernos creer que es una cinta de terror, que tiene este tipo de composición sonora aunque es ejecutada con un ritmo diferente; los tiempos son más lentos y existen para enriquecer el contexto visual, más que para ser un protagonista. También nos encontramos con bandas sonoras electrónicas, que aprovechan los recursos digitales para crear un ambiente lúgubre y, en general, rebosar a la obra con distintos matices sonoros. Uno de los ejemplos más recientes y famosos de este tipo es It Follows (Mitchell, 2015).

Entonces, ¿cuál es el sonido ideal para el cine de terror? Desde que el cine de terror es un subgénero bastante difícil de catalogar (reitero en que se asocia al miedo ante sucesos reales), el trabajo será arduo para encontrar una fórmula sonora que complemente una obra de esa categoría. Esto es porque, principalmente, el terror hacia un objeto o evento nunca será el mismo para todos. Habrá quien sienta un profundo pánico al ver la escena del ataque del oso en The Revenant (Iñárritu, 2015) y habrá quien no. También se puede experimentar angustia al mirar una de las varias escenas de persecución en Sicario (Villeneuve, 2015). ¿O qué tal un miedo más apegado a los ideales, como el triunfo del hombre malvado y megalómano en There Will Be Blood (Anderson, 2007)? Los compositores que musicalizaron estas tres películas (Sakamoto, Johánnsson y Greenwood respectivamente) tomaron sonidos bastante similares a aquellos pertenecientes a las cintas de horror; los tres se apoyaron en las cuerdas, aunque Johánnsson presentó un trabajo híbrido, pues también se favoreció de recursos electrónicos. No obstante, habrá quien diga que los ejemplos mencionados son obras de drama (de ahí la dificultad para tratar el cine de terror), y aunque técnicamente lo son, también es evidente que contienen elementos narrativos, visuales y sonoros que pueden causar temor en quien las vea.

El director estadounidense Jeremy Saulnier, quien no es ajeno al cine dramático y de crimen, presenta una propuesta angustiante y feroz para enriquecer el cine de terror contemporáneo. Se trata de Green Room (2015), su tercer largometraje que se centra en contar sobre la paranoia y la desesperación que vive un grupo musical conformado por jóvenes veinteañeros, quienes se encuentran encerrados a la fuerza en una habitación de espera debido a que presenciaron indebidamente una escena del crimen. Saulnier es ambicioso por realizar un filme que ocurre en una locación durante la mayoría del tiempo. Sin embargo, su ambición más grande fue el darle identidad a su película, tomando la música punk como base.

El punk rock nació en la década de los setentas y fue producto de una manifestación en contra de la música comercial de aquellos tiempos. Los primeros músicos de punk se caracterizaron por ser individuos de clase baja que no contaban con conocimientos musicales formales. Debido a que no conocían las reglas para tocar música, ellos decidieron hacerlo sin ellas. Fue entonces que nació el espíritu punk: libre, anárquico, contestatario y violento. Bajo ese contexto se construye Green Room y, de paso, también sus personajes.

La película transcurre en un bar de mala muerte lleno de neonazis. La agrupación The Ain’t Rights se encuentra ahí porque necesitan suministros para seguir con su gira y un amigo les dijo que el lugar paga bien. El escenario es un lugar lleno de malhechores y los protagonistas se meten en un lío al atestiguar algo que no les correspondía. La película avanza con mucha coherencia al retratar la lucha de los integrantes de The Ain’t Rights para escapar de sus captores (Darcy, el dueño del lugar, interpretado magistralmente por Patrick Stewart, y sus guardias). La música punk prevalece al inicio de la cinta y establece el estresante y violento tono del filme. Si bien es cierto que la banda sonora se vuelve más electrónica, el espíritu punk permanece vivo en cada escena donde transcurren asesinatos y mutilaciones en cada bando. La crudeza de Green Room es tal, que se siente auténtico el realismo de cada uno de los actos de agresión.

La propuesta punk de Saulnier produce terror con mucha efectividad, y en gran parte se debe al contexto que establece desde el inicio de la cinta. El punk rock es un género que parte de sonidos agresivos, y en este caso sirve para complementar una película cuya trama no es única en comparación con otras, pero que sobresale y se inspira por la música para desatar un infierno implacable dentro de una habitación.


Green Room
2015 | 95 minutos | Inglés | Estados Unidos
Dirección: Jeremy Saulnier
Guión: Jeremy Saulnier
Producción: Neil Kopp, Victor Moyers y Anish Savjani
Casa productora: Broad Green Pictures, Film Science
Reparto: Anton Yelchin, Joe Cole, Alia Shawkat…
Fotografía: Sean Porter
Música: Brooke Blair y Will Blair
Edición: Julia Block


 

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