«El cine es el medio de las emociones». Diálogo con José Villalobos

Por Adrián Carrera Ahumada [@acarrahu], Miriam Jiménez [@Mir____I____Am] y Jardiel Legaspi

Ambos se trasladan montando: uno, su caballo; el otro, su bicicleta. Tienen diferencias marcadas pero también similitudes profundas. Uno, Jaime García Domínguez, se hace llamar «el Charro de Toluquilla»; el otro, José Villalobos Romero, contó la historia de Jaime a través de un documental que se ha exhibido en diferentes festivales del mundo y que, entre otros, ganó el premio del público y el premio a mejor documental iberoamericano en la edición 31 del Festival Internacional de Cine en Guadalajara (FICG).

 

José y el charro: gallitos de pelea

El encuentro entre cineasta y charro se dio casi por casualidad. José Villalobos laboraba más cerca de las guitarras eléctricas que de los mariachis. Él y Claudia Méndez Castañeda —su amiga y luego coproductora— dieron con Jaime García mientras buscaban material para acompañar las presentaciones en vivo de una banda de rock: «Trabajamos haciendo los visuales de Pito Pérez, que tenían una rola que se llama “Cuaco Paco”. La letra era sobre un güey que anda a caballo en la ciudad. Con el afán de hacer un videoclip o una cosa así para el escenario ella me dijo “¡yo conozco a un güey que anda a caballo en la ciudad, es el Charro de Toluquilla!”».

José Villalobos realata que él y Jaime García, el charro de Toluquilla, se conocieron en un choque ideológico. Foto: Miriam Jiménez.

Bastó una visita al Bariachi —restaurante de comida mexicana en que se presentaba el charro—. José vio en Jaime un personaje interesante para hacer algo más que un videoclip: «Mi primera impresión fue la contradicción iconográfica que implicaba: era un charro —el macho, el mujeriego, ícono del mexicano— viviendo de esa manera en el presente, en el medio del espectáculo, cantando. Me pareció un personaje inmediato, alguien a quien había que ponerle la cámara enfrente. Al mismo tiempo se presentó una convocatoria de cortometraje documental. Ese visual de esa banda nunca lo hicimos; hicimos el corto».

Esa potencia de García como personaje, apta para el lenguaje cinematográfico, era sólo un aspecto que a la vez conllevó un enfrentamiento entre ambos hombres, cada uno con ideas y formas de vida distintas: «Lo que pasó en mí o en él cuando cruzamos caminos es también el choque de mi forma de ser con la de él. Así somos los hombres: te pones junto a otro hombre y eres como un gallito de pelea y más cuando somos tan diferentes. “¿Pos tú qué?, ¿y por qué traes las uñas pintadas?, ¿y esa barba qué?, ¿eres puto o qué?”. Y yo de “no pos’ no, yo me pinto las uñas desde hace un montón”. El documental es una exploración de la masculinidad o el machismo mexicano que él está viviendo como si nada. “No, no, los gayes”. “No hay problema con los gay, no los critiques, no te hacen nada”. “Na, pinches jotos”. Nos conocimos en ese choque ideológico, en el cual hay un reflejo mío. Fue un roce muy interesante».

El cortometraje documental que hizo José no trascendió, pero le sirvió para acercarse más a Jaime como persona y descubrir aspectos de su vida diaria: «Un día que lo fui a grabar ahí donde canta llega un mago muy amigo de él y me dice “¿Oye, lo estás grabando o qué?, ¿por lo del sida?”. Yo no sabía que él era portador del VIH. Era otro choque de dos estereotipos muy diferentes. Eso fue lo que hizo que me interesara más y naciera el proyecto en forma. Luego él me abrió las puertas de su casa, de su vida privada, íntima. Conocí a su hija, a la mamá de su hija, a su mamá, a su papá, fui a su rancho con los caballos. El documental se trata sobre su vida privada, no es sobre la charrería o sobre el sida, es sobre conflictos comunes vividos por una persona extraordinaria».

El hecho de que Jaime fuera «muy fanfarrón» y un personaje en sí mismo resultó un arma de doble filo para José como documentalista. Por ejemplo, el charro disfrutaba tener una cámara grabándolo y se lucía cuando se sabía filmado. Al final, José tomó los elementos que consideró pertinentes de Jaime y armó un personaje que, podría decirse, fue coautoría entre ambos: «Unas cosas están multiplicadas y otras cosas no están; esas son decisiones mías. Es el personaje que ya era pero pulido para el cine que yo quería hacer. Los que lo conocen en pantalla lo están conociendo a través de mí. Es una combinación entre lo que yo quisiera ser pero al mismo tiempo me cae gordo de mí, o lo que me cae gordo de la sociedad mexicana pero al mismo tiempo le admiro, y lo que él es en sí mismo».

Del encuentro, del choque, surgió el documental El Charro de Toluquilla (2016) que es, entonces, un retrato tanto de Jaime como de José. Es también el primer largometraje de Villalobos, tapatío egresado del CAAV (Universidad de Medios Audiovisuales) que hacía, sobre todo, edición audiovisual.

De izquierda a derecha: José Villalobos, Claudia Méndez y Jaime García. Foto: Geek Girls Mx.

En medio de las tensiones surgió también confianza entre José y el charro, misma que fue labrándose a lo largo de cuatro años. La primera vez que Villalobos rodó para el documental fue en enero de 2011; la última, en agosto de 2015. Se mudó a Toluquilla para vivir a dos cuadras de la casa de Jaime y sus padres. Ahí estuvo por año y medio, que fue el periodo de rodaje más intenso: «No había nada que hacer para mí, eso era frustrante pero me dio la oportunidad de que a veces sucedieran cosas importantes y yo estuviera ahí para grabarlas. Si no estás ahí, o si no pasas por esos periodos de frustración, cuando sale algo que destaca no lo sabes identificar».

Pese a la cercanía con el charro y la ventaja de ser un equipo de filmación de un solo hombre, José tenía dificultades constantes. No había un guión fijo y no tenía claro lo que iba a pasar con la vida de su protagonista: «Mientras sucedía la filmación era un documental sobre el futuro: tenía que construirlo a partir de lo que pensaba que iba a suceder. Cuando no sucedía así, o cuando el personaje no me invitaba a lo que pensaba que era la consecuencia de otra cosa, me ponía en aprietos. Ese fue el problema más difícil de todos: seguir la historia y que se te vaya cayendo el guión todo el tiempo y tener que inventar uno nuevo».

A pesar del esfuerzo de José por no inmiscuirse en las relaciones del charro, su inserción en la vida de Jaime lo ponía en constantes dilemas, sobre todo por la interacción con algunos personajes clave en el documental. Finalmente, Villalobos considera que lograr un retrato honesto es fundamental: «Lo más importante es que ellos no se sientan juzgados ni criticados, sino que vean un reflejo de lo que son. Esa fue mi apuesta: que no se sintieran juzgados ni con lo que ven en edición, ni con mi presencia con cámara en su vida. Es muy complicado. Hubo problemas en medio pero confiaba en que ellos iban a ser suficientemente maduros para verse a sí mismos y así pasó».

Luego de la etapa fuerte de rodaje, José armó un video de muestra que, acompañado de una sinopsis potente, le ayudó a conseguir recursos para la posproducción. Además de fotografía, sonido directo, guión, dirección y coproducción, Villalobos participó en la edición y supervisión musical de la película. El proceso de revisar lo que tenía filmado le ayudó a aclarar la idea narrativa que finalmente le dio al documental: «Fue año y medio de edición. Fueron casi trescientas horas grabadas. Me tardé dos meses mirando todo el material y a partir de ahí decir ¿qué tengo? Entonces lo pensé: a final de cuentas es un retrato: quién es, cómo deja de ser y cómo vuelve a serlo».

«Still» de «El Charro de Toluquilla». Imagen tomada del Facebok del documental.

 

Cine: lenguaje común entre documental y ficción

Al final de una proyección del documental realizada en 2016 en un parque de Guadalajara, llegó Jaime García acompañado de su hija. También estaba José. El charro interactuó con el público y, en una de esas, confesó que «todo lo que vieron es verdad; bueno, excepto la parte en que vomito, ahí José me pidió que actuara, pero sí me sentía mal».

Sobre este asunto, Villalobos dice: «El purismo del documental es que todo lo que suceda frente a cámara haya sucedido efectivamente sin que el director le pida que lo haga. Tú puedes hacer un documental sobre un hecho, pero en este documental, más allá de los hechos, estás documentando emociones, una personalidad, una filosofía de vida. Aunque en los hechos prácticos del rodaje la puesta en escena sea mentira, tú estás con eso contando una verdad. El documental no es sólo sobre el hecho, sino sobre lo que pasa internamente con las personas. La mitad de la escena es real y la mitad es actuada, pero lo que se está contando ahí es una realidad: que cuando está sometido a estrés emocional le da un bajón de defensas y le pasa eso. Y le pasó y no lo grabé. Es algo que habla de su estado anímico. Me importa cuáles son las consecuencias de eso. El documental está en esa dimensión, no en el evento cierto o falso».

Foto: Miriam Jiménez.

«El documental y la ficción pueden tener el mismo lenguaje y yo quise que así fuera. El emplazamiento de cámara, la construcción del espacio… todo era como de ficción. Cuando haces eso te metes el pie porque la coherencia de tu discurso o del código visual que estás creando se puede caer. Si dejas de utilizar el lenguaje de la ficción haces un boquete. No le puedes decir: “oye, ¿qué te pasó ese día?”, “bueno, ese día vomité y… “. No: lo rompes. Tú ya construiste un código visual y no lo puedes traicionar. ¿Cómo llenas ese hueco con un nuevo género? Ficcionando. Para que no me lo digas tú sino que veamos lo que pasa, así es como está construido todo: ver que pasan las cosas», abunda el cineasta.

Por lo tanto, José considera que, para ser una pieza cinematográfica, un documental debe asumir ese código —un lenguaje cinematográfico—, que comúnmente es asociado a la ficción: «Se tiene que apelar a emociones, a estética, a ritmo. Tienes que sentar a alguien en la sala a hacerlo sentir cosas. Atraparlo en un instante, soltarlo en otro, conmoverlo aquí, hacerlo enojar acá, porque esa es la experiencia del cine. El cine es el medio de las emociones. No es nada más informativo, no es nada más sensorial: si logras generar emociones, estás haciendo cine. El documental tiene que aspirar a ser esa experiencia, si no entonces mejor que no sea un documental cinematográfico, que sea una nota periodística».

«Una ventaja del documental es que no necesita de etiquetas como la de “basado en hechos reales”; la diferencia y la similitud entre ficción y documental es que cada uno, a su manera, intenta generar emociones, y esas emociones son las mismas. Lo que carece un género lo va a pedir del otro y viceversa», detalla Villalobos.

El egresado del CAAV sostiene que las formas y temas definen si la relevancia de un documental será efímera o no: «Lo que va a hacer que un documental trascienda a lo largo de los años es cómo está hecho y qué comunica universalmente hablando, más allá del evento, de la coyuntura. Cuando toca temas universales de la condición humana, fibras más allá de las coyunturas, y además tiene una propuesta visual y sonora que puede ser apreciada como una obra cinematográfica, ya tiene relevancia atemporal».

«Still» de «El Charro de Toluquilla». Imagen tomada del Facebok del documental.

 

«En México es más interesante la realidad que la ficción»

Para José, el cine en México, especialmente el documental, ha ido mejorando estéticamente y se ha permitido explorar nuevos horizontes y formas de producción: «Ya no es permitido, como antes, que el documental tenga la cámara horrenda, planos quemados, el audio feo. Ya no puedes hacer un documental así porque la competencia está muy cabrona y todos están técnicamente impecables, los arcos dramáticos, la edición, todo está en muy buen nivel».

Un factor para ello es que ahora existen aparatos más pequeños y de mejor calidad de los que se hacían antes y que no sólo ayudan en el aspecto técnico, sino también en el acercamiento y realización, como ocurrió con El Charro de Toluquilla. El equipo para la grabación que José utilizó fue una cámara Panasonic modelo GH3, dos lentes, un micrófono lavalier y unos audífonos. Eso bastó en lo técnico.

Otro factor relevante y de mucha ayuda para José, y cualquiera con ganas de hacer documental en México, es la riqueza de historias y personajes existente en nuestro país: «La realidad te va a dar muchas historias más interesantes que las que puedes sacar en un guión. En México es más interesante la realidad que la ficción: es tan colorido, contradictorio, diverso y complejo. ¿Por qué no vas a hacer documental sobre México estando en México? Esto que decía Buñuel de que si quieres ser surrealista saca la cámara en México y graba. No me gusta la cita, pero es una realidad».

A los avances tecnológicos y la diversidad del país se suma la creciente aceptación del género documental en festivales de cine: «Por ejemplo, en el FICG ciertos premios están combinados: no importa si es ficción o documental. El Premio Mezcal es competir contra ficción. Ya no es eso de que ficción lo chingón y documental una cosa chiquita. Eso está cambiando. Y dan más ganas de seguir haciendo documental. Surgen personajes que estaban ahí pero nadie los grababa, historias que nadie grababa».

José Villalobos considera que tanto ficción como documental deben apelar a emociones, estética y ritmo. Foto: Miriam Jiménez.

Pese a estas condiciones favorables, hacer documental en México enfrenta aún obstáculos. En la opinión de Villalobos uno de ellos es el conservadurismo del género: «Más allá de las cualidades cinematográficas, parte de la evaluación que determina que un documental sea bueno o malo es si el tema que toca es políticamente relevante, políticamente correcto o tiene que ver con la realidad actual. Cuando haces un documental así automáticamente es más aceptado entre el círculo social. Eso me parece conservador. El género documental es conservador: tienes que ser políticamente correcto y eso le da un poco en la madre».

Sobre el caso de documentalistas que afirman realizar denuncia o «hacer conciencia» con su obra, que se dicen comprometidos con la realidad social, Villalobos es tajante: «Si algo realmente se tiene que saber en México vale madre si es documental o no. Puedes grabarlo con tu celular, subirlo a YouTube y va a tener 20 millones de visitas si es un evento relevante. No tienes que esperar cuatro años a hacer un documental. ¿Para qué? Se queda ahí en el ego: “hice una película”. ¿Por qué vamos a hacer conciencia cuatro años después ya que hiciste tu posproduccción y te fuiste a festivales? Si realmente es importante dilo ahorita. Es algo que no me gusta de algunas cosas que se hacen en México: son más las ganas de ser cineasta a través de la explotación de la historia de alguien que tu compromiso con la historia. Es válido, pero cuando dicen que tienen un compromiso con la historia, con la conciencia y el cambio social, pues, ¿primero vas a festivales y después cambias al mundo o cómo está el pedo?».

A pesar de ello, es notoria una mejoría en la producción de documentales mexicanos, tanto en calidad como en cantidad, pero el desarrollo de un público parece no ir a la par. Villalobos sugiere que esto tiene que ver con los temas abordados en los documentales, que suelen estar contrapuestos a la noción del cine como entretenimiento ligero: «He ido con Jaime, el charro, a la mayoría de los festivales, y digamos que representa al promedio del mexicano. Lo llevo a ver ese cine documental y él se aburre. Dice “no quiero ver una historia sobre prostitutas, no quiero ver historias sobre secuestrados, narcos o indígenas maltratados, esto lo veo todos los días y me duele verlo”. El público busca distracción y el documental quiere que te enfoques en un problema, ponértelo en la cara. Los exhibidores saben que la gente no va a ir con su familia a comprar palomitas y ver a un secuestrado o violado. Entonces los documentales que están en salas comerciales son los que explotan emociones más positivas».

 

Una industria viciosa

La industria del cine en México está enferma y con vicios. La principal razón es su dependencia de los recursos públicos y que, fuera de ello, las opciones para hacer películas son complicadas y escasas. Así lo considera el director de El Charro de Toluquilla.

«Hay muy pocos estímulos privados; tú puedes levantar en privado tu proyecto pero es muy complicado. Eso está mal porque entonces el gobierno decide quién filma y quién no. Me gustaría que no fuera así, que hubiera empresas que se sostuvieran solas por la venta de sus productos anteriores, que es como funcionan los estudios grandes en Estados Unidos. Aquí en México siempre es pedirle al gobierno porque nunca ganas dinero para hacer una nueva. Hay un vicio ahí: tú haces proyectos sabiendo que esa es la única opción y te adaptas a los criterios y eso modifica los proyectos. Ese vicio afecta la entraña de los proyectos».

Villalobos explica que esto pone en una situación complicada a los realizadores: si quieren hacer más probable que les asignen recursos públicos, deben ajustarse a criterios que no siempre tienen que ver con la calidad o la forma, sino con los temas: «¿Qué aprovechas de ahí y cómo no te embarras de eso?, ¿o cómo sí te embarras pero no modificas tu proyecto? Y si esos fondos no te los dieron no es porque no fuiste amigo de alguien, sino quizá porque tu proyecto no se adaptó a ciertos criterios, ¿y criterios de quién?».

Detalle del edificio del IMCINE, organismo público encargado de asignar los apoyos al cine nacional. Foto: F. Villa del Ángel.

Otro de los vicios que detecta es el mal uso de fondos destinados para la producción de películas, los cuales se emplean como ingreso directo para los involucrados sin importar la calidad de la cinta o el éxito comercial que pudiera tener: «En México se ha llegado al vicio y el colmo de este vicio es que quienes sí ganan lana haciendo cine lo hacen con los fondos para hacer cine, no de vender la película. Sacan un chingo de fondos para hacer la película, ésa es su ganancia, y dedican la mitad o tres cuartas partes de la lana para hacer la película».

«Ese es un vicio que se parece mucho a la corrupción, pero es una especie de motivación para hacer cine en México. Hay un chingo de producciones mexicanas que están haciendo eso. Salen a salas, saben que no van a recuperar ni madres y van a ir cinco personas a verla, pero no les importa. En lugar de hacer una escuela, en lugar de hacer un hospital, con ese dinero público hicieron una película que nadie vio, y los cineastas creen que tienen derecho a ser subsidiados. Es un vicio horrible del sistema, de cómo se hace cine en México, y muchos lo hacen. Es gente como nosotros, pero esa es la manera que encontraron de subsistir en el cine y es más común de lo que te imaginas».

«El arte en México está subsidiado. Los que viven de eso están subsidiados por el gobierno. Vivir del arte es vivir subsidiado», sentencia Villalobos. Y añade: «No hay pureza. No es que somos artistas y todo lo que hacemos es santo». Pero también considera que, pese a los vicios y malversaciones de fondos descritos, hacer cine en México todavía valdría la pena si «eres honesto y realmente estás comprometido con tu proyecto, tienes buenas intenciones y lo sabes levantar».

En Villalobos reside una contradicción. Aunque expresa su descontento con la manera en que la industria funciona en el país, participó en esas dinámicas y se acopló a dichos estándares: «Era mi única opción. Al ser tu única opción, pues la tomas. Al menos puedo decir que cuando pedí esos fondos no tuve que ser amigo de nadie para que me los dieran. Entonces sé que no va por ahí el problema, sé que no hay nepotismo y sólo los amigos de los amigos filman, pero sí los criterios a los que te tienes que adaptar para filmar sí están metidos en ese vicio».

 

Explorar la contradicción

José Villalobos piensa en crear, no deja de pensar en ello. En el 2016 se concentró en presentar su documental en diferentes espacios, en los que conoció a gente interesada en trabajar con él. Ahí creó relaciones y abrió caminos que le gustaría probar. No importa si es ficción o documental, para el egresado del CAAV lo importante es no dejar de hacer cosas.

Jaime García con su hija. Imagen tomada del Facebok de la película «El Charro de Toluquilla».

La inquietud más fuerte en Villalobos ahora es abordar personajes complejos: «Me interesa la condición humana amplia de ser héroe y villano a la vez, malo y bueno. Quiero abordar esa contradicción humana que abarca muchos matices en un mismo personaje. Tener a un villano como protagonista pero que a ese villano lo ames, y ese villano no sea villano sino al mismo tiempo sea una víctima. Construir personajes así desafía la lógica dramática tradicional del bueno y el malo, el que quiere algo y lo logra. Eso es lo que me gusta. Sea cual sea la historia o el proyecto, eso es lo que más me llama la atención ahorita».

Ese interés creativo de José quizá despertó, o se agudizó, a raíz del contacto con el charro de Toluquilla: «Muchos de quienes me conocen no ven que yo pueda convivir con alguien como él normalmente en mi vida diaria. Curiosamente fue la persona con quien más conviví el 2016. Y sí tenemos muchas coincidencias. Me di cuenta cuando él es sensible, cuando él intenta ser más tolerante hacia ciertas cosas y luego me doy cuenta cuando yo no lo soy tanto. A final de cuentas todos estamos en un proceso de insertarnos en la sociedad, siempre evaluando».

Machos pero sensibles, discriminadores y a la vez incluyentes, cabrones y tiernos, críticos de un sistema y cómplices del mismo: contradictorios. La contradicción como condición humana emparenta a los personajes y las personas, incluso a un charro y un cineasta. Ambos seguirán explorando sus contradicciones, cada uno a su manera.

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