Claudia Sainte-Luce y la realidad hecha cine

Por Adrián Carrera [@acarrahu], Miriam Jiménez [@Mir____I____Am] y Jardiel Legaspi
Fotos de Miriam Jiménez

 

Todo pasa, menos la muerte: ella está ahí, constante, como un destino ineludible para nosotros y quienes nos rodean. Como idea, la pérdida de la vida ha sido una de las principales preocupaciones creativas de la veracruzana Claudia Sainte-Luce. Sus dos películas —Los insólitos peces gato (2013) y La caja vacía (2016)— tienen un estrecho vínculo con su vida personal, ya que parten de vivencias suyas relacionadas con la enfermedad, los vínculos afectivos y las relaciones humanas. La guionista y directora visitó la ciudad donde dio sus primeros pasos como cineasta: Guadalajara, capital de Jalisco. El motivo fue participar en la primera edición occidental del Encuentro Regional para la Consolidación Cinematográfica, en donde dio una conferencia e impartió un taller de análisis de guión de largometraje. La también actriz habló con nosotros sobre realidad y ficción en el cine, emociones, y honestidad con los personajes y la historia.

Claudia Sainte-Luce en entrevista con «cine qua non». Foto: Miriam Jiménez.

¿Cuáles son tus insumos para crear una historia?

El día a día. Lo elevado viene de ahí. Parto de la realidad, lo que vivo, mis miedos, mis obsesiones y angustias. Los insólitos peces gato y La caja vacía vienen de algo muy personal: de miedos hacia la muerte. Ahí traigo la idea de mis siguientes películas, que no tienen que ver conmigo sino con el cómo se vive cuando ese alguien ya no está. La he trasladado a otros personajes, a otro entorno, pero sigue existiendo mi obsesión.

Las historias de tus primeras dos películas parten de vivencias personales tuyas, ¿cómo trabajas lo autobiográfico en tu cine?

Cualquier historia tiene cosas autobiográficas. Habla de ti, de tus miedos, de tus ansiedades y obsesiones. Es imposible no hablar de sí mismo. Cuando hablo de cosas que me pasaron lo que hago es distanciarme del suceso y ver que la realidad es una y la ficción es otra. La ficción no soporta tanto.

La ficción es tan poderosa que debes cuidar todos los detalles, que esté todo justificado. Una cosa es una vivencia, que no puede transcribirse a la ficción tal cual, y otra cosa es hacer una escena basada en la realidad, que tenga su propio latido. Ese es el trabajo de escribir. Hay que transformar esa realidad y hacerlo sustentable, que tenga su vida propia. En ese momento que hace la transición deja de ser realidad y se vuelve ficción y es mucho más decir.

Hay una frase que me gusta mucho que dice que el olvido es el instrumento de la memoria. Porque el olvido decide qué se queda y qué no. Durante ese proceso de selección, el proceso artístico, uno puede saber qué se queda y qué no, qué vale la pena. A veces la memoria no es suficiente y recurres a la realidad, a observar el entorno y poner pequeños detalles a esos personajes que ves en la realidad.

En Los insólitos peces gato la esencia de los personajes es la real, pero de lo que está en la película el 80 por ciento es mentira y el 20 por ciento es realidad. La esencia y lo que potencia la historia es lo que ocurrió. Ese dolor ante la pérdida. En la segunda película igual hay un dolor profundo que sustenta la historia, pero los personajes y los sucesos son pura imaginación. Lo importante es dejar la esencia y lo otro que sea el trabajo de tu imaginación porque, si no, no hay un proceso artístico y es una calca rara.

¿Cómo transformas esa realidad en un guión cinematográfico de ficción?

La primer regla es separarse de la vivencia para  poder verla con objetividad y no con subjetividad. La segunda es crear un personaje poderoso. Crear un personaje particular, que tenga virtudes y defectos, pero en su mayoría defectos, porque son lo que nos hace empatizar con un personaje que vemos en pantalla. El personaje es lo que sustenta todo. Si no hay un personaje suficientemente fuerte, aunque la idea sea muy potente, se va a caer en algún momento. La tercera es usar la imaginación pero también lo que ves día a día. Fijarse en pequeños detalles porque esos detalles hacen más humano el relato.

Todo es trabajo de la cabeza, de imaginarte y llevarlo a su extremo, a su límite; es el mismo trabajo que se hace con la actuación, imaginar. No tienes que vivirlo para narrarlo, tienes que saber observar para poder narrarlo.

Sainte-Luce es guionista y directora de «Los insólitos peces gato» y «La caja vacía». Foto: Miriam Jiménez.

¿Por qué decidiste actuar el protagónico de La caja vacía siendo que no fue así en Los insólitos peces gato, ambas muy autorreferenciales?

En Los insólitos…  no podía porque ya no me veo tan joven. Como en La caja vacía el protagónico es una treintona, pues ya doy el personaje. Tenía un montón de ganas de actuar. Viene de algo básico. Tengo una historia que habla de algo tan cercano como la demencia vascular de mi padre, que la entiendo perfecto. El personaje se llama Jazmín, tiene muchas cosas de mí pero tiene muchas cosas del propio personaje para hacer más ríspida la relación entre padre e hija. Entonces lo vi como algo perfecto: tengo muchas ganas de actuar, doy el personaje y entiendo muy bien por lo que está pasando. Me animé a hacerlo.

¿Actuarías personajes no escritos por ti?

Me encantaría. Quiero seguir escribiendo y dirigiendo pero también me gustaría actuar,  sobre todo en teatro. Es más complejo el cine, pero el acto del teatro es un inicio y un final para ciertos espectadores, algo que no se repetirá; eso me gusta.

¿Cómo piensas el elemento del humor en tus historias?

Sin pensarlo. No estoy pensando «voy a hacerlos llorar, voy a hacerlos reír aquí, ahora voy a hacerlos enojar». Busco ser fiel a los personajes y a lo que les está pasando, si eso tiene repercusiones es un extra. Nunca puedes pensar en función del espectador porque te estarías traicionando. Es algo paradójico: lo haces para ellos pero no puedes hacerlo para ellos. En cambio hay otro cine que está pensando todo el tiempo en dónde suelta el chiste, en donde dice esto y lo otro, que se falta un poco a sí mismo.

Sainte-Luce visitó Guadalajara en el marco del Encuentro Regional de Consolidación cinematográfica. Foto: Miriam Jiménez.

¿Qué tipo de cine ves dominante en el medio nacional?

Es muy variado. Hay muchas propuestas, desde un cine social, un cine intimista, comercial, de denuncia. Lo más triste es que, a diferencia de la Época Dorada del cine mexicano en la que no llegaban películas estadounidenses, ahora el mercado está captado por los americanos. Siempre hay mucha competencia y al siguiente fin de semana te botan. La de Los insólitos peces gato salió con 60 copias y a la segunda semana nos tumbaron a cuarenta, porque ese fin de semana compites con Los Minions 2, con Avengers, etcétera. La gente va a ver esas películas y no puede ver las películas mexicanas porque duran una o dos semanas en cartelera si bien le va. Hay un problema de que los exhibidores desean vender boletos, no vender cultura u opciones.

Es como si te dan a elegir entre una hamburguesa y un salmón, y la hamburguesa es genérica, sabes que te sacia, que cubre tu apetito de ocio, pero hay otro tipo de platillos donde entra el arte, que ofrecen algo más. Para mí el arte es algo que te va nutriendo y sensibilizando. Lo más lindo es cuestionarse y sacar una reflexión.

¿Qué dirías que es lo que está fallando más en ese sentido?, ¿los exhibidores, el público?

Los dos, van de la mano. Cuando uno no tiene nada enfrente más que lo que hay en el cine, es lo único que puede ver, pues esa es la oferta. La reflexión depende de cada persona. Da igual lo que yo le diga y eso viene por su pasado, por la manera en que fue educado, por la manera en que él afronta la vida o no —de enfrentarse a ella o verla sólo como un pasar de los días—.

Lo otro viene totalmente de los exhibidores, desde ganar dinero. Deben apuntar a crear un vínculo entre el espectador y el cine mexicano, que sepan que va a costar entrar pero a lo mejor te deja más cosas que lo que una película comercial igualmente mexicana. Porque sí hay películas comerciales mexicanas, pero son una burla para el cerebro de la gente, la manera en que plasman los argumentos son como para retrasados mentales.

¿De qué manera incentivar al público a que consuma este otro cine?

Es algo de instituciones, desde una iniciativa de gobierno. Y de un interés personal: por más que yo ponga muchas salas de cine, de este tipo de cine, si la gente no quiere ir por su educación, no va a ir. Es un esfuerzo de cada uno. De mi lado no queda más que seguir haciendo y haciendo.

Para la cineasta veracruzana, construir un personaje potente es fundamental para sostener una historia. Foto: Miriam Jiménez.

¿Qué implicaciones tiene el que ahora haya más mujeres dirigiendo?

Para mí no importa si hay un hombre o una mujer detrás, importa la historia. Que sí, poco a poco ha habido más oportunidades, las mujeres poco a poco van tomando más puestos que antes estaban captados en su totalidad por hombres. Que esto tenga repercusiones pues no lo sé. Sólo puedo decir que a mí me encanta ver historias y me da igual quien las dirija. El director puede aportar como cualquier ser humano. Scorsese dirige distinto que Spielberg, Spielberg dirige distinto que Hitchcock y Hitchcock dirige distinto que Roberto Gavaldón. Cada ser tiene distintas cosas de las que se ha alimentado y genera distintas cosas; va más allá de su género. Debemos de quitarnos esas etiquetas de «el cine de mujeres». Entre más preguntemos por las diferencias, más plausible hacemos la diferencia.

¿Qué cineastas admiras?

Fellini, Bergman, Lucrecia Martel, Andrea Arnold, Miranda July, Paula Markovitch. Los admiro y también las películas que hacen, pero no puedo hacer un tipo de cine así porque no soy ellos. Uno debe de buscar su propia voz.

¿Para ti qué es el cine?

Es la manera de expulsar las angustias, dolores y demonios que viven dentro de ti.

Mi obsesión es la muerte. No sé cómo hace uno para seguir cuando sabes que alguien que amas profundamente se va. Las películas me calman, pero tampoco me dan la respuesta de cómo hacerle. Siempre la realidad y el dolor serán más fuertes de lo que imagino. Será algo en lo que seguiré obsesionada, porque la muerte es algo que no te da respuestas, te da preguntas.

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