«El documental se ha vuelto sexy». Entrevista con Everardo González

Adrián Carrera (@acarrahu) y Kenji Kishi (@KenjiCosme)
Fotografías de Sthefanie Valenzuela (Flickr Ambulante) y Miriam Jiménez

 

Trama, personaje y mundo. Tres elementos básicos de la estructura narrativa con los que Everardo González ha tejido la historia de sus cinco documentales.

El mes pasado nos encontramos con el documentalista a propósito de su visita a Guadalajara en el marco de la undécima edición del festival Ambulante. Curiosamente, Everardo y Ambulante han crecido a la par. El festival fue el escaparate de su primer documental, La canción del pulque (2003), una película que comenzó como «un ejercicio muy modesto de escuela», pero que se convirtió en punta de lanza para su carrera. Posteriormente realizó los documentales Ladrones viejos. Las leyendas del artegio (2007), El cielo abierto (2011) y Cuates de Australia (2011).

Ahora el director promueve su más reciente filme, El Paso (2016), el cual es un retrato de dos reporteros mexicanos que pidieron refugio en la ciudad tejana debido a amenazas del crimen organizado.

Como los personajes de sus dos últimas películas, Everardo es un migrante. Nació en Colorado, posteriormente se trasladó con su familia a Querétaro y finalmente a la Ciudad de México. Ahí se matriculó en la Universidad Autónoma Metropolitana de Xochimilco, donde estudió Comunicación Social. Su intención inicial era convertirse en reportero gráfico, pero padeció la falta de oportunidades laborales en un medio muy competido. En cuanto terminó su primera licenciatura entró a la carrera de cinematografía en el Centro de Capacitación Cinematográfica (CCC). Lo anterior lo llevó por un camino no muy alejado de la investigación periodística. De hecho, él mismo se considera más cercano al trabajo de los investigadores sociales que al del medio cinematográfico.

Everardo González nació en Estados Unidos, pero creció en México. Foto: Sthefanie Valenzuela / Flickr Ambulante.

Everardo González nació en Estados Unidos, pero creció en México. Foto: Sthefanie Valenzuela / Flickr Ambulante.

Hacer documental en México

Después de más de una década como documentalista, la visión de González ha cambiado, tanto en lo formal como en lo ético. Ahora tiene ideas más sólidas sobre el oficio —lo cual, considera, «a veces es una camisa de fuerza»—: «La historia que trabajas no es tuya, es una apropiación y los personajes que cuentan tu historia —que finalmente es una interpretación de la suya—, no están interpretando más que su vida misma. Es muy delicado cuando tienes que dejar de ver al ser humano y empezarlo a ver como personaje —sus posibilidades narrativas— cuando, por otro lado, al mismo tiempo estás teniendo vínculos afectivos con él. Pasar tres años con dos familias, o tres años aislado en un rancho como Cuates de Australia, o cuatro años negociando con un ladrón como «el Carrizos», por ejemplo, pues crea vínculos afectivos. A veces perduran y a veces no, pero esa parte es muy compleja, el tema de hasta dónde son los límites».

Por su parte, en el aspecto musical el egresado del CCC lo tiene claro: «Cuando decido en dónde va, procuro que la música no sea una ilustración sino que sea una atmosfera. Cómo se hace es algo que yo más bien decido cuando elijo al músico y confío en el músico que elijo, con la consecuencia que traiga».

Everardo considera que la perspectiva misma del documental como género es muy distinta a como era en 2005, cuando fundó Artegios, una productora y distribuidora de documentales que surgió como consecuencia «de ya no querer bregar con gente a la que no le interesaba el documental, para romper ese ciclo del productor que termina la película y no le importa lo que pase con ella después».

Sin embargo, para González el documental «se ha vuelto muy competitivo, hasta glamuroso, y es una contradicción profunda. Se ha vuelto un género que entra en el mercado y entonces cuando menos te das cuenta tus preocupaciones son igual de absurdas que si te hubieras dedicado a hacer cine de comedia romántica. Se ha trivializado mucho también».

«Ha cambiado mucho lo que es hacer documentales hoy, lo que es ver documentales hoy, para bien y para mal. Hoy hay 500 títulos al año, desde las escuelas de cine, escuelas de comunicación, cineastas ya documentales, historiadores, antropólogos, etnógrafos… y antes éramos diez cabrones haciendo esto. Era más complicado porque nadie te tomaba en cuenta y ahora se ha complicado porque se ha vuelto sexy para los productores. Para muchos es una manera de hacer dinero rápido: poca lana invertida, el productor normalmente no tiene que estar involucrado como en una película de ficción, y acaba la película y viene la otra», dice Everardo.

Pese a ello, el documentalista destaca la evolución del público de documentales y el hecho de que festivales especializados como DocsDF y Ambulante han contribuido a la formación de un nuevo público para este género. El obstáculo, entonces, no es ya el público sino el mercado y, en particular, la distribución y la exhibición.

El cineasta nacido en Colorado suscribe la propuesta de una política proteccionista por parte del gobierno mexicano como forma de equilibrar la balanza de la distribución y exhibición: «Lo que pasa es que la protección está mal entendida, como cuando se habla peyorativamente de la política. Pero la protección del Estado hacia las artes es una obligación. Francia es de lo más proteccionista. Estados Unidos es más proteccionista con su cultura que México mismo. Canadá tiene un impuesto altísimo por cualquier título que llega del extranjero. Aquí no porque toda la mala política ha hecho que entendamos eso de maneras equivocadas».

El documentalista en entrevista con «Cine qua non». Foto: Miriam Jiménez.

El documentalista en entrevista con «Cine qua non». Foto: Miriam Jiménez.

El Paso

Su más reciente largometraje ha sido una serie de obstáculos que sigue sorteando. Everardo reconoce que, a nivel formal, El Paso es una de las películas más difíciles que ha hecho. Aunado a ello, ahora batalla con su distribución. Él se lo atribuye a que dicha obra no cubre con la «cuota de violencia» que programadores, canales e incluso algunos espectadores piden.

«Esta película te narra la realidad, o el cachito de realidad, desde una de miles de posibilidades de contar una historia». Y la forma de contar de Everardo no incluyó sangre o balas en pantalla: la violencia se manifiesta en desplazamiento forzado y añoranza. Prefiere mostrar a un hombre que extraña un árbol o a un niño diciendo que no tiene amigos a llenar el cuadro de cadáveres y datos.

El documentalista confesó que en un inicio la película fue pensada para ser mucho más investigativa, pero las vicisitudes de la realización lo llevaron a modificar eso. De hecho, hubo un momento en el cual no podía acceder a las familias de sus protagonistas: «Yo tenía pesadillas, tenía el presupuesto, compromisos con productores, material levantado, y lo que no tenía era acceso a las familias. Había que buscar mil y un maneras distintas de que se contara porque el cine independiente no es tan independiente: siempre hay alguien atrás que está palmando con billete y quiere ver una película y no puedes decirle “no se logró”».

A pesar de ello, González tenía clara la premisa para hacer El Paso: «De qué manera las decisiones que tomamos afectan a todos los que nos rodean, de qué manera la violencia es una onda que crece y va golpeando hasta a quien menos se imagina».

Por lo anterior es que Everardo decidió enfocarse más en Ricardo Chávez Aldana y Alejandro Hernández Pacheco —sus protagonistas— que en el montaje mediático orquestado por el ex Procurador General, Genaro García Luna. El montaje, que involucra a Alejandro, es relatado en la película, pero no como un aspecto central de la misma.

Y es que González no quería que el discurso de su filme se difuminara: «El cine es una cosa y la denuncia es otra. La denuncia es en los tribunales. El cine provoca, pero provocar de manera emocional no me motiva. El cine muy cerebral existe, por supuesto, pero provoca poco, emociona poco, provoca a los muy inteligentes. Un mensaje que está cargado de discurso político se diluye porque son temas muy polarizados. Un discurso político creo que llega menos en el cine, es menos efectivo».

Everardo González en la presentación de «El Paso» en la edición 11 de Ambulante, en Guadalajara. Foto: Sthefanie_Valenzuela / Flickr Ambulante.

Everardo González en la presentación de «El Paso» en la edición 11 de Ambulante, en Guadalajara. Foto: Sthefanie Valenzuela / Flickr Ambulante.

El cine como testimonio

A pesar de que mantiene su distancia con el cine de denuncia, Everardo considera que hacer cine es un acto político: «Siempre. Hacer cine finalmente, además de ser un arte, es un medio de comunicación, es comunicación con el otro. Y hacer cine documental todavía es más político. Cualquiera que tiene punto de vista sobre la realidad está haciendo política, lo que pasa es que está mal entendida la política».

Hacer cine es el camino que Everardo eligió y, aunque no descarta la ficción, por ahora su género es el documental. Sobre la materia de sus filmes, él sostiene que la elección del tema siempre es una apuesta y surge al momento de hacer, un poco como la escritura libre, en la cual brotan las obsesiones que uno tiene sin darse cuenta que las tiene.

«El mundo que yo trabajo es un escenario social, un escenario político, un escenario mucho más vinculado al tema de derechos humanos. Normalmente tengo historias con trama, personajes con objetivos y contradicciones. Soy alguien interesado en el cine narrativo; encuentro fascinante la posibilidad de adaptar cosas que suceden en la realidad», explica González.

Para Everardo la mayor obligación de un cineasta, sobre todo aquél que filma con recursos públicos, es hacer algo que considere legítimo: «Estoy convencido de que mis películas y las de otros van a tener mucho valor en 20 o 30 años, por eso hay que saber conservarlas, porque estos testimonios van a tener un valor importante en la historia de este país. Esa es la parte social que debe tener el documental, no solo señalar sino dejar un testimonio del tiempo que nos tocó a cada uno».

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