El dinero en el cine: reflejos múltiples de realidades improbables

Por Carlos Camacho.

 

—Libertad es poder hacer lo que uno quiera cuando quiera sin que alguien se lo impida, ¿no?
No. Existen tres tipos de libertad: la libertad del mercado, la del supermercado y la del mercado online. La primera se da cuando vas al mercado y puedes comprar lo que quieras sin importar cuánto cuesta; la segunda, poder ir al supermercado y hacer lo mismo, y la tercera, tener una computadora y desde casa comprar todo lo que te venga en gana con un solo clic.
—Tienes razón. Quisiera ser libre.

Jian Liu, Have a nice day, 2017.

Vivir en el capitalismo implica verse expuesto a un sinfín de situaciones en las que predomina la lógica del negociante, de la oferta y la demanda, del presunto libre mercado, de la economía: la lógica del poder. No solo en los bienes y servicios, sino también en aquellas cosas que nos hacen humanos, como el deseo. Plantearse objetivos requiere también, en la mayoría de los casos, someterse al razonamiento «querer es poder», ignorando que, cuando se habita ahí, en el capitalismo, dinero es poder. Entonces, tenemos la típica fórmula del trabajo arduo —ocho horas al día, seis días a la semana, con un salario ridículo y prestaciones vergonzosas—, del proletario que eventualmente tendrá el capital requerido para vivir «plenamente». Para el cine no siempre funciona así.

En el catálogo de directores como Guy Ritchie (Lock, Stock and Two Smocking Barrels, 1998; Snatch, 2000; Revolver, 2005; Rock’n’Rolla, 2008), Quentin Tarantino (Reservoir Dogs, 1992; Pulp Fiction, 1994) e incluso Liu Jian en su segundo largometraje (Have a nice day, 2017) podrán encontrarse historias de individuos con habilidades típicas del lumpen1 —sexto sentido para juegos de azar, estafas y robos, amplio manejo de la jerga, cinismo, una extraña facilidad para soportar grandes cantidades de alcohol y puñetazos— en disputa por una exorbitante cantidad de dinero con grupos similares o que ya pertenecen a la otra esfera —asesinos a sueldo, gitanos, narcotraficantes, mafiosos, aristócratas o simplemente millonarios déspotas—, colocados en determinados lugares y momentos, tan bizarros como improbables.

El resultado es, casi inevitablemente, un filme de acción y comedia con una pizca de narrativa filosófica (por la complejidad con que se desarrolla el guion de modo que cada acción termina por repercutir en los actos posteriores para, comúnmente, aterrizar en el mismo punto de partida). Esa es la forma en que abordan al sujeto que, carente de recursos, recibe una rara oportunidad de hacerse millonario haciendo uso de un talento que es a la vez su peor defecto.

Butch Coolidge (Bruce Willis) es un boxeador que decide estafar a un mafioso acaudalado al ganar una pelea que se suponía iba a perder, haciendo que su novia apostara a su favor. Basta decir que tiene que matar a un par de sádicos racistas para salirse con la suya. Imagen: fotograma de «Pulp Fiction» (Tarantino, 1994).

Una aproximación más realista, más «basada en hechos reales», tendría como protagonista—porque este tipo de historias se basan en un personaje concreto, y no un grupo de simpáticos timadores— a un hombre de carácter neurótico y obsesivo cuyo mayor anhelo es ser rico debido a algún tipo de resentimiento con su vida en la clase media o promesa hecha a un ser querido fallecido. Este tipo entraría al mundo del dinero mediante una corazonada respecto a dónde uno puede hacerse verdaderamente rico sin realizar actividades ilícitas, o por lo menos no de manera explícita. Evidentemente, en el camino a su fortuna y en el intento por conservarla encontrará obstáculos que lo doblegarán y mostrarán su profundo y oscuro «yo» a quienes lo rodean y nunca imaginaron verlo así, como un energúmeno sediento de capital.

Martin Scorsese y Paul Thomas Anderson en The Wolf of Wall Street (2013) y There Will be Blood (2007), respectivamente, han llevado tales historias a la pantalla grande con resultados bastante aplaudidos por la crítica y el público, principalmente de este último en el caso de la película protagonizada por DiCaprio. The Pursuit of Happyness (Gabrielle Muccino, 2006) difiere un poco de estos filmes porque sostiene una historia que todos conocemos casi de primera mano: salir a la calle y ver a padres e hijos sin un taco para comer. Sin embargo, este filme termina justificando un mes de miseria a cambio de la agudeza mental del padre, gracias a la cual consigue un puesto en una importante empresa, donde terminará haciéndose millonario. Irónicamente, aunque sea un argumento predecible llevado a cabo de forma convencional, a pesar de lo ridícula que sea, la película de Muccino resulta más honesta, o descarada, respecto al dinero: el título lo grita.

Por más diálogos o monólogos filosóficos que los pulp films sostengan, desde diferentes planos, en diversas escenas, echando mano de recursos como la atemporalidad o el montaje de escenas simultáneas, y por mucho que el millonario obsesivo y desquiciado sufra en secreto porque padece un gran vacío interior que sus billetes no pudieron llenar, o porque las drogas, sus amistades o Dios le impiden gozar su propiedad, el mensaje sigue siendo el mismo que el del largometraje protagonizado por Will Smith: dinero equivale a poder, poder equivale a felicidad y a cambio de la felicidad vale la pena hacer hasta lo imposible, no importa cuán peligroso, absurdo o verdaderamente necesario sea. Más allá de la forma y de una que otra actuación memorable, no hay nada transgresor en estas películas a nivel social; aun si parecen querer hacerlo, son una farsa. Las docenas de gerentes en empresas multinacionales que tienen fe en ser el próximo gran corredor de bolsa, estafador o CEO de su propia compañía son la prueba fehaciente de ello.

Lo bonito del arte es que puede ser tan transparente como hipócrita. Filmes como Los lunes al sol (Fernando León de Aranoa, 2002), A Better Life (Chris Weitz, 2011) gran parte de la obra de Ken Loach (Riff-Raff, 1991; Bread and Roses, 2000; The Navigators, 2001;  It’s a Free World, 2007;  I, Daniel Blake, 2016) y Los bastardos (Amat Escalante, 2008) son ejemplos del cine que sí comulga con la vida laboral del obrero común. Retratan a quien lleva una pesada jornada de trabajo a cambio de sueldos miserables y de infinitas horas desperdiciadas en el cumplimiento de tediosos trámites burocráticos; al sujeto sin maña, sin raras oportunidades de volverse un verdadero capitalista de la noche a la mañana y sin el aparente «olfato» o incluso la «ambición» que se supone otros tienen2.

Ana (Nieve de Medina) y José (Luis Tosar) son una pareja de obreros. Ella labora en una fábrica industrial y él es un sindicalista en huelga por el despido injustificado de más de un centenar de obreros. La crisis repercute no sólo en su economía sino también en su relación. Imagen: fotograma de «Los lunes al sol» (León de Aranoa, 2002).

Estos largometrajes funcionan como comparación porque sí trascienden la barrera del dinero como todo a lo que el ser humano puede aspirar y abordan cuestiones mucho más relevantes para repensar el tipo de sociedad en que nos desenvolvemos: el rol de la mujer en ella siendo parte del cuerpo laboral y no como dama de compañía, la urgencia por crear mejores condiciones para los migrantes o, en todo caso, por generar trabajos en su propia nación, la función de las lerdas instancias burocráticas como herramienta al servicio del burgués y no del pueblo, los precarios e inestables contratos laborales, los tipos de relaciones sociales que llevamos a cabo en las que existe un conflicto constante entre lo que «yo», «nosotros» y «ellos» significa, e inclusive la pertinencia del emblema comunista que exige al proletariado tomar los medios de producción. Plantean, pues, que la condición humana, aun ahogada en el capitalismo, puede y debe aspirar a muchas cosas más que a una suma monetaria.

1 Aquél que reniega de la condición obrera y aspira a pertenecer a la burguesía lo más rápidamente posible, sin trabajar en el sentido convencional del término.
2 Claro, esto no importa porque es imposible que todos los Daniel Plainviews y Jordan Belforts que hay en el mundo tengan el éxito al que aspiran, a poseer millonadas, debido a cuestiones económicas como la inflación o falta de recursos que son aptas de otro tipo de análisis, pero que vale tener presentes.

Carlos Camacho es estudiante de Comunicación Pública en la Universidad de Guadalajara. Va al cine desde que tiene memoria y pareciera que esta se dedica a guardar un registro de lo visto. No le gusta el dinero ni sus implicaciones sociales.


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