Cineteca Nacional: material de Pop Corn

Gabriel Rodríguez Liceaga

[colaborador invitado]

Hace más de un año desde la última vez que vine a la Cineteca Nacional. Ya me acordé por qué decidí castigarla en aquel entonces y por qué volveré a hacerlo por tiempo indeterminado.

Entro a ver una película en la que Viggo Mortensen no actúa como el poderoso y viril hombre que es, sino todo lo contrario. Jauja, se llama. No me extraña nada que la gente siga entrando media hora después de que la función principió. No me extraña nada que la gente se salga cuando la película aún no ha terminado. Y es que la película es lo de menos. Venir a ver un filme es anecdótico en este inmenso outlet que le construyeron a la gente que, educada por Mixup, cree que existe algo llamado Cine de Arte.

Hay Cine y hay Películas, en dado caso.

Yo fui el primero en celebrar la desaparición del Festiva Internacional de Cine Contemporáneo (FICCO) con un vino caro. Caro para mis alcances. Y es que me fastidiaba mucho ver cómo, por dos semanas, la gente se acordaba de que tenía que alimentarse audiovisualmente con algo más que La Era del Hielo en turno. El problema es que desapareció tal festival y todo mundo actuó como cuando uno orina en el hormiguero.

Literalmente, la nueva Cineteca Nacional es eso.

En otras palabras: una verbena popular sin fiesta onomástica. Un muégano de personas alegres y en grupos de amigos dispuestos a girar la ardilla con la magia del cine inteligente. Hace unos instantes había un grupo improvisado de coristas cantando con sus togas al lado del letrero que dice Dulcería Principal. Debido a que chispeó, los fajones de la sucursal de Las Islas de Ciudad Universitaria que está donde antes estaba el estacionamiento, acudieron a guarecerse al espacio con techo. Salí de ver a mi Viggo y aquello era una fayuca sin baratas chucherías. Eso sí, conté seis sitios diferentes a donde ir a comprar un café de treinta pesos. También hay una tienda donde venden una marioneta de Jack Nicholson y rompecabezas de Marilyn en la famosa escena que, de hecho, no aparece en película alguna. También hay un Bar La Chicha con burgers de más de cien pesos y un estacionamiento nuevo que reproduce al Purgatorio.

Foto: Facebook Cineteca Nacional.

Foto: Facebook Cineteca Nacional.

Mi odio no es gratuito. Trataré de explicarme: La Cineteca Nacional era un cubil de abandonados y tristes que acudíamos a sus salas desangeladas, seguros siempre de que el lugar especial que siempre ocupábamos iba a estar desocupado. Sencillamente porque era nuestro lugar. Todos los asistentes teníamos un sitio nuestro y ya. Tanto adentro de las salas como en las bancas de afuera. Uno llegaba solo y se iba solo. No descarto que hoy en día existan historias de amor que empiecen: estábamos formados en el Roxys de la Cineteka, wei. Retomo: uno llegaba solo y se iba solo, rumiando la película vista. Aquel, quizá esto le asombre a las nuevas generaciones, era un lugar para ir a ver Cine. La cineteca actual no favorece al espectador, no lo encumbra ni hace sentir especial. Lo anestesia para que vea sin ver.

Es preocupante el comercial que pasan antes de que empiecen las funciones, aquel que publicita su ciclo películas clásicas en domingo. Un collage de cintas que le incluye: el hombre de la guadaña en El Séptimo Sello, la banda sonora de Casablanca, la escena de la fuente en La Dolce Vita, etcétera… Clichés de «buen cine».

Evoco un comercial de Cinemex afín en el que, mismo formato, vemos a James Bond decir que es James Bond, a la Casa Blanca destrozada de Día de la Independencia y la voz del maniquí grotesco ese de Juegos del Hambre, inaugurándolos.

¿Entonces?

Cine de arte mis nalgas pardas, Cineteka Nacional. Imagino que tus arcas están amenamente saciadas.

Concluyo: los desposeídos, los que no creemos que ver cine en blanco y negro es como hacer tarea, los abandonados del fin de semana, los que no buscamos una película que «nos cambie la vida», nosotros, necesitamos un nuevo foro donde ir a pasar el rato y esperar nuestra función, libro en mano, en agradable compañía del silencio. Porque el cine se tiene que ver en pantallota y con la tribu, no hay de otra.

Demando la redemolición de la Cineteca Nacional. O hagan una réplica en algún otro lado y no le decimos a nadie. Incluso recuperen los ladrillos rojos que traían, cada uno, el nombre de una película mexicana, su creador y año. No descarto que algún ricachón del Instituto Mexicano de Cinematografía (IMCINE) los tenga ahora mismo como camino a la fuente de su jardín. ¿Eran rojos? Lucían bellísimos bajo la lluvia rodeando al cubo ese que aterrizó ahí al centro de todo.

Entrada a la Cineteca Nacional en 2007. Foto: Erwin Morales / Flickr.

Entrada a la Cineteca Nacional en 2007. Foto: Erwin Morales / Flickr.

Este texto fue originalmente publicado en el blog No Estoy Borracho y se reproduce aquí con el permiso del autor.


Gabriel Rodríguez Liceaga. Escritor. Ha publicado las novelas «Balas en los ojos», «El siglo de las mujeres» y «Hipsterboy», así como los libros de cuentos «El demonio perfecto», «Niños Tristes» y «Fiera de la Balbuena y otros cuentos». En 2015 ganó el Premio Nacional de Cuento Agustín Yáñez. Mantiene una columna en el periódico «Más por más».


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