Cine blockbuster y nostalgia: un mal que termina con las buenas ideas

 Por Bryan Guevara | @BryGuev

 

La nostalgia es un sentimiento de anhelo por lo pasado, específicamente por aquello que nos produjo un sentimiento de felicidad y que ya no está más. Es inevitable y puede producirse en una etapa determinada, bajo cualquier contexto. Como todo lo inherente al ser humano el concepto de nostalgia es estudiado en el arte, y en la época actual es utilizado como un recurso renovable que no tiene fecha de expiración.

En el cine existe un gran catálogo de subgéneros que parten de la tragedia y de la comedia. Sin embargo, la globalización y las desmedidas campañas publicitarias de la industria predisponen al público a consumir blockbusters. Entendamos blockbuster como una película de alto presupuesto que está hecha para llegar a las grandes masas y recaudar cifras gigantes de dinero en las taquillas del mundo. Son películas hechas con el propósito de quedarse en el inconsciente colectivo, en la cultura y formar parte de la identidad de una sociedad en un contexto histórico determinado. Naturalmente, los autores de películas de este tipo sacrifican recursos complejos o rebuscados (tanto en la narrativa como en la composición visual) para elaborar una obra ligera, fácil de comprender y vasta de subgéneros populares: acción, comedia, romance, terror, etcétera. En años recientes, y tras el éxito de franquicias maratónicas, el blockbuster encontró una zona de confort que difícilmente abandonará. Los famosos y terribles remakes, reboots, secuelas y ahora spin-offs se han apoderado de las taquillas, favoreciendo un fenómeno de reciclaje eficiente.

¿Cuál es la relación que tiene la nostalgia con el fenómeno del blockbuster? La respuesta podría estar en esta escena de South Park (1997 – ):


«It may seem to go back and recycle the past we love, but we end up with no substance», dice el personaje Randy Marsh.

Los blockbusters no son malos; desde su concepción a mediados del siglo XX, realizar un blockbuster representaba llevar a cabo una idea ambiciosa. De Ben Hur (1959) a Jurassic Park (1993), pasando por Jaws (1975), Star Wars (1977), Back to the Future (1985), The Terminator (1984), etcétera, el blockbuster era un desafío para los cineastas, quienes se veían con la necesidad de crear un producto apto para todo público sin necesidad de sacrificar estándares de calidad y experimentando con los avances tecnológicos para brindarle al público historias extraordinarias.

Desde finales del siglo XX hasta principios del nuevo milenio, la industria cinematográfica se percató de lo rápido que crecía la tecnología, sobre todo en materia audivisual, por lo que se empezó a concebir una nueva forma de hacer cine: se hizo digital. De pronto ya no se necesitaba un inmenso trabajo logístico para construir o modificar locaciones, conseguir el equipo apropiado para filmar y editar sobre celuloide o invertir una gran cantidad de presupuesto para el diseño de herramientas y personajes no humanos. La producción cinematográfica se alió con la imagen generada por computadora (CGI por sus siglas en inglés) y el esfuerzo para realizar una producción gigantesca se volvió más accesible.

Es lógico pensar que gracias a estos avances tecnológicos la industria cinematográfica puede producir películas sorprendentes y originales. Sin embargo, desde años recientes se ha visto una predilección por producir versiones actualizadas de cintas hechas con anterioridad, es decir: remakes y reboots. Además, se han propagado las adaptaciones de novelas juveniles a la pantalla grande. Es cierto que hay variedad de historias en la pantalla grande, aunque su impacto en la cultura popular deja mucho que desear. Son productos fácilmente reemplazables hechos con fórmulas efectistas cuyo mensaje ha sido expuesto en diferentes estilos, sin proponer algo nuevo que no haya sido revelado con anterioridad.

A continuación, abordaré más al respecto con base en dos grandes franquicias y un género particular —la ciencia ficción.

 

Star Wars: la nostalgia de una nueva esperanza

En 2015 se exhibió en todo el mundo el episodio VII, The Force Awakens, de la saga original de George Lucas. Se trata de una secuela que le da continuidad a los eventos de The Return of the Jedi (1983), pero con la adición de una nueva trama y nuevos personajes que son guiados por las figuras de la trilogía original, como si se tratara de una carrera de relevos, para cumplir con la premisa de la trama.

A The Force Awakens, dirigida por JJ Abrams, se le reconoce la gran iniciativa que tiene para que el universo cinematográfico de la saga se siga expandiendo con «nuevas propuestas». El público objetivo se siente satisfecho al notar cómo la obra de Abrahams abraza la nostalgia de la trilogía original para crear un nuevo contexto que además sea adepto al gusto de las nuevas generaciones. Tanto The Force Awakens como Rogue One (2016), dirigida por Gareth Edwards, son cintas más incluyentes: la protagonista de la primera es una mujer jedi que se alía con un stormtrooper de raza afroamericana, mientras que los personajes de Rogue One son de diferentes etnias.

Sin embargo, es esta nostalgia caprichosa la que también juega en contra del trabajo de Abrahams y de Edwards. A The Force Awakens se le critica por ser muy parecida a Star Wars (la primera película de la saga-franquicia, lanzada en 1977 y luego renombrada como Episodio IV: A New Hope), sobre todo durante el tercer acto. Además, los roles de la protagonista y el villano quedan preestablecidos para tener una historia similar a la que abordaron Luke Skywalker y Darth Vader en The Empire Strikes Back. Como dice Randy Marsh, la nueva Star Wars no fue tan buena como todos piensan. Es una película hecha con los ingredientes necesarios para satisfacer a los fans. Por otro lado, Rogue One tuvo una recepción tibia pero un poco más amable; su discurso anti terrorista e inclusivo sirvió para darle mérito a una cinta que solo está ahí para ser un enlace y que no cuenta nada nuevo.

Cuadro comparativo entre dos películas de la saga «Star Wars».

 

Marvel Cinematic Universe: ya hemos visto esta película 13 veces y faltan tres años más para que se termine

Algo que llamó poderosamente mi atención cuando vi Dr. Strange (2016) (acá mi reseña) fue lo semejante que es a Iron Man (2008). Strange y Stark son personajes con ocupaciones diferentes pero características similares: ambos son millonarios, egocéntricos, acostumbrados al éxito, a la fama y ambos sufren accidentes que cambian sus vidas para siempre. En el caso de Stark, necesita de una placa especial para que la metralla alojada en su corazón no lo mate. Por otro lado, Strange sufre de una condición en los nervios que lo obliga a dejar su carrera como neurocirujano. Estoy consciente de que estas curiosas similitudes no son producto de la franquicia cinematográfica sino de los cómics. No obstante, es necesario acentuar que el estilo implementado en el universo cinematográfico de Marvel es demasiado genérico y por ello cada entrega se siente con menos personalidad que la anterior.

Analizar el Marvel Cinematic Universe en torno a la nostalgia es una tarea ardua que puede estancarse en terrenos ambiguos. ¿Qué es lo que Marvel intenta rescatar del pasado inmediato para construir su presente y futuro? ¿Existe un fondo más allá de la forma en cada producción de superhéroes? Ciertamente hay un apego a la nostalgia de épocas pasadas, un momento retro en cada cinta marvelita. De los guiños hacia los cómics hasta el revival de la década de los ochenta, Marvel juega cada una de sus cartas en pos de llegar a todo tipo de público.

La idea de crear un universo, una trama central que está hilada por varias películas particulares, surge gracias a la ambición por fundar la franquicia perfecta. Marvel, a diferencia de otras franquicias como Transformers o Fast and Furious, se mantiene con cierta frescura entre el público gracias a la variedad en su catálogo. Hay superhéroes que solamente aparecen una vez, en su película, y hay superhéroes que pueden producir hasta tres películas. Además, siempre existe la oportunidad de aparecer en cintas cuyo argumento requiere de un gran reparto (Avengers, Civil War).

La fórmula Marvel consiste en reciclar cada cierto ciclo y rellenar espacios con nuevas adiciones. Quizá ya no haya una Iron Man 4, pero tenemos Dr Strange. Tal vez nunca tendremos una película de Black Widow, pero ya viene Spider-Man: Homecoming. Seguramente Bruce Banner no obtendrá su merecida secuela tras la incomprendida The Incredible Hulk (2008), pero no hay que agobiarse: Black Panther ya está en desarrollo. Fue grato ver a los Vengadores y no puedo esperar a que se estrene la próxima secuela. ¿Cómo podré soportar el pesar de no ver a tantos superhéroes reunidos en una cinta durante un buen rato? No habrá ningún pesar: Guardians of the Galaxy Vol. 2 (2017) es el perfecto substituto para tal situación. Y trae un soundtrack fenomenal.

En el cine de Marvel no hay cabida para la nostalgia, pues el espectador es abastecido de manera puntual cada cierto tiempo. No hay forma para detenerse a revisionar porque ya hay dos o tres secuelas en puerta, y aunque la hubiera, sería difícil someter una película en particular al análisis, ya que toda la franquicia está construida con base en la misma fórmula. Tal y como lo comentamos hace tiempo, es muy difícil esperar algo diferente en una película de Marvel.

Planificación de los productos del universo cinematográfico de Marvel.

 

The Hunger Games, The Maze Runner, Divergent… ¿un grito de auxilio?

La literatura juvenil en el cine tuvo un gran boom desde inicios del nuevo milenio. No se trata de un tema innovador, pero sí uno importante que puede ser de ayuda para entender un poco más el contexto actual. A lo largo del siglo se ha exhibido un número importante de blockbusters orientados a un público juvenil, pero esta vez me detendré a comentar algunas generalidades sobre tres franquicias: The Hunger Games, The Maze Runner y Divergent.

Las tres películas tienen características similares: el mundo es distópico y está controlado por una élite limitada pero poderosa. También existe una dinámica: en The Hunder Games, los chicos son obligados a matarse entre ellos en una arena para sobrevivir; en The Maze Runner los protagonistas son sometidos a una serie de pruebas, ya que son inmunes a un virus que se propagó con un arma biológica; finalmente, en Divergent la población debe cumplir con roles preestablecidos. La protagonista de la saga de Divergent es perseguida por el gobierno debido a que no tiene cabida en la sociedad establecida.

Tanto en la literatura juvenil contemporánea como en sus adaptaciones cinematográficas se puede observar una nostalgia implícita hacia el pasado lejano. Se critica el presente establecido (países gobernados por tiranos) y, de cierto modo, existe una búsqueda por regresar a modelos políticos y sociales de épocas anteriores. ¿La ciencia ficción juvenil es el grito de auxilio de una generación que al parecer está consciente de que se encamina a un futuro siniestro? Si acaso lo es, todo ese subtexto se ve opacado con recursos forzados, como obligar a los jóvenes protagonistas a tener un triángulo amoroso, contratar celebridades del momento cuya sola presencia asegure un éxito en taquilla o implementar un estilo más amable que sea accesible para el público menor de edad.

A la izquierda, Jennifer Lawrence como Katniss Everdeen; a la derecha, Shailene Woodley como Tris, protagonistas de «The Hunger Games» y «Divergent», respectivamente.

 

La generación que exige mucho y ofrece poco

Antes de aproximarnos a una conclusión, quisiera mostrar un video muy interesante sobre la generación millennial:


«You wanna watch a movie? log on and watch a movie; you don’t check movie times. You wanna watch a TV show? Bing! You don’t even have to wait week to week», afirma Simon Sinek.

Vivimos en una época de gratificación instantánea en el cual es fácil obtener todo lo que queramos en cuestión de minutos. Solo necesitamos de una buena conexión y la aplicación correcta para recibir todo tipo de servicios. Del transporte a la comida rápida, de los servicios en streaming a la música digital. Las generaciones actuales, tal y como lo explica Simon Sinek, están atadas a los dispositivos gracias a la adicción que éstos generan. En las redes sociales es muy fácil crear y percibir vidas aparentemente perfectas, donde el pasado inmediato queda inmortalizado en un instante, donde la nostalgia es redefinida como un collage exorbinante lleno de momentos irrelevantes que está o no está ahí, según sea el caso.

Las sagas cinematográficas son, en parte, la consecuencia de que exista un público que se niega a aceptar que ciertas historias deben tener un fin. Los grandes estudios, al observar los sorprendentes resultados en taquilla, no dudan en producir secuelas para seguir complaciendo a las masas el tiempo que sea necesario. Y no es que esto esté del todo mal, pues el blockbuster no es un género hecho para tomarse con absoluta seriedad. No obstante, lo preocupante radica en el hecho de que en las películas de moda no existe una propuesta tangible, un esfuerzo por imponer una idea poderosa, una nueva forma de ver el cine. Todo lo que alguna vez construyeron autores importantes como Steven Spielberg, Robert Zemeckis, James Cameron o George Lucas ahora es reciclado y repetido hasta el cansancio, en diferentes estilos y con mucha flojera. Películas de esta década como Jurassic World, The Force Awakens, Dr. Strange, Batman v Superman, Terminator Genisys y un largo etcétera tienen algo en común: solamente están hechas con la actitud de cobrar un cheque lleno de ceros. ¿Y el público que mira todo esto? El público está ahí, listo para recibir un cierto número de películas al año que les produzca el efecto placebo que tanto busca (esto último, a veces, sin saberlo).

Quiero recalcar que no estoy en contra de los blockbusters ni de la gente que va al cine a pasarla bien o a ver su saga favorita. En la industria aún se producen películas de valiosa calidad, sin importar a que género pertenezcan. En el caso del blockbuster, proyectos como Mad Max: Fury Road (2015) son un auténtico milagro, un evento maravilloso que consta que no se necesita de pantallas verdes y efectos costosos para contar una gran historia; solo se necesitan ganas. Sin embargo, las películas más esperadas de cada año no lucen particularmente diferentes entre sí. Tan solo en este año tendremos secuelas, remakes y reboots de todo tipo: Kong: Skull Island, Power Rangers, Spider-Man: Homecoming, Guardians of the Galaxy 2, Star Wars: The Last Jedi, Fast & Furious 8, Ghost in the Shell, Transformers: The Last Knight, Justice League… y la lista sigue no solo en el cine de ficción tradicional, también en el de animación.

Al final, la última palabra siempre la tendrá el espectador (o eso quiero creer). Las películas que vemos, al igual que todo lo que consumimos, dicen mucho de quienes somos como personas. La respuesta no reside en hacer un boicot masivo y empezar a consumir cine independiente. Más bien, lo ideal es alejarse del conformismo, empezar a consumir con un criterio más objetivo y no estar siempre de acuerdo con lo que nos ofrecen los estudios más importantes, que año con año se desempeñan como fábricas de nostalgia plástica y vacía. Hoy, más que nunca, las nuevas generaciones de cineastas y críticos deben (re)descubrir el cine aunque resulte tedioso como hacer la tarea. Paciencia, trabajo, perseverancia. Quizás ese sea el único camino para recuperar una ambición que se perdió hace mucho tiempo.

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