«El texto debe ser la tabla de surf en la que te montas». Charla con Paulino Partida

Adrián Carrera (@acarrahu) y Jardiel Legaspi Guitiérrez
Fotos de Miriam Jiménez

 

Paulino Partida en entrevista para «Cine qua non». Foto: Miriam Jiménez.

Paulino Partida en entrevista para «Cine qua non».
Foto: Miriam Jiménez.

Se ha movido entre el teatro, el cine y la arquitectura. Sus inicios como actor fueron en una obra de teatro infantil. Actualmente está esperando el estreno de producciones como Blood, Sand and Gold (Gaellan Conell) y Mr. Pig (Diego Luna), en las cuales participó. Es Paulino Partida y aceptó charlar con Cine qua non sobre su carrera, la actuación, cine mexicano y otros temas.

¿Por qué escogiste ser actor?

Yo creo que más bien la actuación me escogió a mí. Ya sé que esto se oye mamonsísimo y es un cliché y todo, pero, no sé, desde chico como que ya tenía la vena histriónica.

¿Al principio cómo lo llevaste?

Ya no me aguantaban en la casa porque yo era un desmadre. En la Casa de la Cultura en el Agua Azul me metieron al taller de cine, un cineclubito que había allí, padrísimo porque pasaban películas en blanco y negro europeas, alemanas, francesas, italianas, españolas, de los cuarentas. Entonces yo tenía ocho años y estaba recibiendo información de la posguerra de gratis, así de golpe y porrazo.

Un día se armó un taller de literatura. Escribí una obrita infantil como que no quería la cosa. Tenía como nueve años, una cosa así. Se llamaba «La señorcienta». Era una parodia de rancheritos, eso le gustó mucho al gobierno, porque era el gobierno de Echeverría. Entonces eran situaciones de que los niños mexicanos estaban orgullosos de su mexicanidad pero yo lo hice por cotorreo, no tuve ninguna otra pretensión.

Luego el maestro José Luis Pérez, gracias a él me hice actor. Es como mi papá actoral. Me descubre y me dice, «a ver, vente y vamos a ver tu obrita que escribiste y la vamos a poner para jugar». Ya cuando acordamos, la obra estaba bien puesta. Era una obra de quince veinte minutos. Nos fuimos al concurso municipal y lo ganamos, nos fuimos al estatal y lo ganamos, y nos fuimos al nacional y lo ganamos.

De allí ya no hice nada prácticamente. Terminé la secundaria con eso, en la prepa no hice nada. Luego en la facultad también no hice nada, me le pegué a la arquitectura cinco años y saliendo como que otra vez ahí viene el gusanito y ahí voy al grupo génesis con Guillermo Lares. Estuve un rato, no me acuerdo ya cuánto tiempo, si fueron meses o un año cuando mucho. Y luego luego ahí voy, a ejercer arquitectura durante, qué te gusta, unos quince años, una cosa así. O sea que duré años y años y años sin ser actor.

Volví a salir de clóset actoral en el 2007, cuando estuve con Ricardo Delgadillo en el grupo «El Rugido de la Jirafa» y estábamos en una improvisación en el teatro de Héctor Monteón, el que está ahí junto al Parque Rojo.

¿Con quiénes tomaste clases?

Estuve con José Luis Pérez, con Félix Vargas, con Maripaz Pruneda, un montonal de maestros que tuve. Volví con Guillermo Lares y después volví con Martha Morales y con Gabriel Gutiérrez. Recientemente mis maestros de actuación han sido Rodolfo Palacios, Silverio Palacios, estuve con Damián Alcázar y mi más reciente taller y el que prácticamente cambió mi vida fue con Jean-Lois Rodrigue.

Jean-Lois es un maestro que basa su teoría actoral en la técnica Alexander. F. Matthias Alexander fue un actor australiano que perdió la voz. Estoy hablándote de 1930, una cosa así. Perdió la voz, entonces comenzó a dejar de forzar el cuerpo y a utilizar el cuerpo a su favor. A lo que te obliga esa técnica es a conocer tu cuerpo, a no forzarlo, a no obligarlo. Jean-Lois es especialista en aplicar esa técnica a la actuación, a la actuación para cine. Él ha sido maestro de Leonardo DiCaprio, de Julia Roberts, de Chris Pine, de Mark Ruffalo y tuve el privilegio de que fuera mi maestro. Me enseñó un montón de cosas. Los talleres son exhaustivos, son agotadores; te enseña a encontrarte: desde donde hablar, cómo hablar, dónde poner el pensamiento, sobre todo la línea de pensamiento, el tren de pensamiento, partiendo de emociones, de sensaciones, de animales, de música… es un privilegio tener un maestro de esos, un privilegio enorme.

El taller con Jean-Lois Rodrigue cambió la vida de Paulino Partida. Foto: Miriam Jiménez.

El taller con Jean-Lois Rodrigue cambió la vida de Paulino Partida.
Foto: Miriam Jiménez.

¿Cuál es tu proceso de preparación para encarnar un personaje?

Es un proceso largo. Me gusta tener tiempo. El tiempo es básico. Jean-Lois nos lo enseñó principalmente: tiempo, tiempo. «We have time», es lo que siempre dice. Te lo repites, lo respiras, relajas tu cuerpo, te convences de ello, lo induces en alguna forma animal, literalmente animal, primitivo, primigenio, luego música. Comienzas a explorar las posibilidades animales del personaje. Te aprendes el texto. El texto no debe de ser ningún motivo de tropiezo. El texto debe de ser la tabla de surf en la que te montas para. Es más, el texto debe de salir sobrando cuando estás actuando. El texto es un pretexto nada más para presentar el personaje y para decir lo que tiene que decir. La preparación tiene que ser tiempo, tiempo, tiempo.

¿Cuáles son las diferencias entre hacer teatro y hacer cine?

El teatro es íntimo, es aquí en cortito. Es «acércate porque te voy a contar una historia chida». El teatro es insuperable. El teatro es la verdad de las verdades, es la verdad máxima. Si la cagaste no hay modo de corregir. Es una verdad absoluta y más te vale que la digas bien, con verdad y con toda la entrega del mundo. Si no, valiste madre. El cine es todo lo contrario. El cine es la gran mentira perfectamente bien contada. Si se te olvida el texto, puedes repetir y repetir y repetir y toma tras toma tras toma. Para mí el cine es algo muy cómodo. Es muy bonito aparte. Pero son verdades distintas. El cine es verdad manipulada y el teatro es verdad absoluta.

Lo más difícil de hacer teatro es que la gente vaya. Para hacer teatro tienes que hacer teatro excepcionalmente bueno, excepcionalmente privilegiado, en lugares privilegiados. El teatro me gusta mucho pero hay que dedicarle mucho tiempo y es muy poca la retribución: estás actuando en un teatro para seis gentes, diez gentes y, a veces, de que te toca suerte, está a medio llenar y de esas rarísimas funciones en que te toca teatro lleno es muy padre. Pero son muchos meses, mucha joda. El corto o el cine es mucho más noble porque hacen el corto y lo festivalean y lo suben a YouTube y órale.

Estuve de voluntario montando pastorelas en el Cabañas durante un tiempo. Estuve escribiendo, dirigiendo, actuando, produciendo… Ese es el teatro que más satisfacciones me ha dejado. Hemos estado con el Teatro del Seguro Social a reventar. Nos hemos presentado en guarderías, en el Hospicio Cabañas, en asilos, nos hemos presentado en la calle, en los terregales, con la gente aquí en corto. Esas son las funciones más chidas que he tenido en mi vida. Es el mejor teatro. La mayor paga actoral ha sido esa. No hay mayor paga actoral que el niño… el niño es un público muy noble y es el más difícil. Si puedes entretener a un niño, puedes entretener a quien sea.

Sobre cine mexicano en general, ¿cómo ves el panorama actual y el futuro?

El cine actual mexicano tiene diversas vertientes. Rafa Lara, por ejemplo, hace un Cinco de mayo padrísimo. Patriota que no patriotero, y es una película gloriosa. Everardo Gout hace sus Días de gracia, donde evidencia la corrupción policiaca y cómo la sociedad es rehén de los secuestradores a multinivel. En Güeros Luis Alonso Ruizpalacios presenta la realidad de unos neoninis que están en huelga en la UNAM pero que en realidad están en su casa esperando que algo pase. Somos Mari Pepa: doloroso retrato de cuatro morros que se enfrentan al subempleo, al desempleo, al ninismo. Es el relato más descarnado y más real que yo he visto en años.

Paulino Partida se preocupa por el poco público que en México tiene el cine nacional. Foto: Miriam Jiménez.

Paulino Partida se preocupa por el poco público que en México tiene el cine nacional.
Foto: Miriam Jiménez.

Hay cosas increíblemente chidas ahorita en el cine mexicano, pero la gente no lo va a ver. Si está en una sala de la de Güeros y en otra sala está Avengers, la gente se va a ir a ver Avengers. Pero Güeros es una chulada. ¿Cómo le haces entender a la gente que películas como Güeros o la de Somos lo que hay o Días de gracia pueden ser buenas, pueden ser extraordinarias, si la gente no las va a ver? Días de gracia duró una semana en cine. Es oferta y demanda, oferta y demanda, oferta y demanda… nada más. Tienen que hacer películas taquilleras, como la de No se aceptan devoluciones o la de Nosotros los nobles, cine sin sustancia, cine de consumo.

El problema no es la distribución, el problema es el público. Ganan en Cannes, ganan en Morelia, ganan en Guadalajara… Los insólitos peces gato. Nadie la ha visto y es una muy buena película. Somos lo que hay, la de los caníbales, ¿ya la viste? Van a hacer el remake en Estados Unidos y la que están haciendo va a ser un hitazo. Es una familia que vive en unos departamentos en Tlatelolco y no tienen chamba, no tienen nada y se comienzan a comer a los vecinos. Está sórdida la película y está bien chida, pero hasta que en lugar de salir los actores mexicanos salga Jake Gyllenhaal con, no sé, con Scarlett Johanson, entonces la película va a ser un éxito, antes no. El problema no es México, el problema son los mexicanos.

¿Qué crees que podría ser una solución obligar a las cadenas exhibidoras a que pongan más cine mexicano, o buscar espacios alternativos que den más apertura al cine mexicano?

Una iniciativa ciudadana, sobre todo los que nos dedicamos a hacer cine, donde obliguemos por ejemplo  a IMCINE a que haga núcleos de cine pagados por el gobierno, por nuestros propios impuestos, y donde se presente exclusivamente cine nacional. Uno por ciudad. A costo millonario. Que lo mantengan, como lo saben hacer. Así vaya una gente diario a la cabrona sala. La gente comienza a ir al cine.

¿Cuál sería la vena social del cine ante un país como este?

Mira, yo ya no le puedo apostar a que el cine eduque, porque la gente no se quiere educar. Ni siquiera dentro de las aulas se quiere educar. No se educa en la calle.

Qué tristeza para los chavos de veintitantos estar viviendo en un México de descabezados, de destripados, de descuartizados… cuando lleguen a mi edad yo no sé cómo van a llegar, si es que llegan. No les deseo mal sino que este país no da garantías en nada. La única garantía es que te vas a morir a lo mejor ahorita o antes de lo previsto.

No soy un pesismista, soy un optimista bien informado.

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