«Alejandra», un poema audiovisual

Por Sofía N. Tamayo Lara | @libelulasofia

 

El cine de ficción nos conmueve a través de la fantasía. Crea escenarios de lo posible y nos sumerge en su lógica para sentirnos parte de por un momento. Por otro lado, el documental es un golpe de realidad. Su capacidad emotiva proviene del modo en que se presenten los hechos. Más de alguno ha deseado que el pobre antílope escape del feroz guepardo al ver un documental sobre antílopes, para luego, al ver un documental sobre guepardos, esperar ansioso que el hambriento felino consiga alimento para sus desnutridas crías.

Un sentimiento al que, a mi parecer, apelan frecuentemente en los documentales es la indignación. Nada de qué extrañarse, si lo que pretenden es justamente denunciar algún suceso. Pero, ¿de qué se vale el documental para honrar aquello que ya no es y seguir generando un impacto sensitivo? La respuesta que uno encuentra en Alejandra (2013) es la nostalgia.

Fotograma del documental «Alejandra».

 

Alejandra

Alejandra (disponible en línea) es un documental de los cineastas Ernesto Ardito y Virna Molina que trata sobre la vida de la fallecida poeta argentina Alejandra Pizarnik. Fue emitido por canal Encuentro como una serie de cuatro capítulos en Argentina bajo el nombre Memoria Iluminada: Alejandra Pizarnik.

Quienes hayan tenido el deleite de leer la obra de Pizarnik, sabrán que sus textos están cargados de un resignado dolor ante la vida, únicamente consolable por el recuerdo de la añorada infancia y la promesa de la muerte. Tal vez por ello resulta sensato que el tono elegido para una cinta sobre ella posea un tinte nostálgico.

O quizá la nostalgia provenga de la naturaleza misma de este documental, pues ¿cómo homenajear a un difunto sin manifestar el menor anhelo de tenerlo nuevamente entre nosotros o de volver por un instante a aquella época que lo abrazó? Ahora bien, dejando de lado las motivaciones de los realizadores para concebir su filme de esta manera, me dispongo a analizar cómo es que Alejandra sumerge al espectador en un ambiente melancólico.

 

Premisas

Pizarnik vivió para la poesía. Su vida fue un claroscuro consagrado a las letras más sombrías y angustiosas. Hablar de ella sin jugar con el lenguaje, como si no fuera poesía, resulta vano. Ante esta premisa, para llevarla a la pantalla es necesario generar un lenguaje audiovisual que juegue con las formas, que carezca de certezas, que entienda la poesía.

Por ello, este filme rompe con la concepción tradicional de John Grierson (en Villanueva, 2013) del documental como representación fiel de la realidad y herramienta sociopolítica para la educación de las «masas» —concepto actualmente cuestionable—. Acaso sea por esta ruptura que Alejandra provoca nostalgia y no indignación, ni muestra pretensiones pedagógicas, que es otro fin con el que comúnmente se suele asociar al documental.

Fotograma del documental «Alejandra».

 

Elementos

El formato en blanco y negro nos permite ver la esencia de las formas sin la distracción del color. No obstante, posiblemente a causa de la carga simbólica tan lúgubre que se da a lo oscuro en occidente, solemos relacionarlo con significados bastante funestos. La cinta explota esta asociación cuando en pantalla aparecen las pertenencias de Alejandra para narrarnos fragmentos de su vida. El color entra cuando escuchamos a los vivos que la conocieron. Después vuelve el luto a la pantalla. Así se debaten el ayer y el ahora, la vida y la muerte, en una danza de luz y oscuridad.

Un piano toca una melodía lenta que armoniza con el recorrido de imágenes que narran la historia. En ocasiones escuchamos una voz en off que explicita verbalmente lo que representan las imágenes, pero siempre se brinda un espacio de silencio que permita al espectador experimentar la cinta sin necesidad de palabras. En cambio, el complejo trabajo de montaje deja que las imágenes hablen por sí solas. Se configura el ambiente nostálgico que predomina en la película.

Por supuesto, abunda la poesía y correspondencia de Pizarnik, la cual es leída y traducida al lenguaje audiovisual, generando una comunión sublime entre lo verbal y lo visual. Una perversión del documental al plano de lo interpretativo que, a mi parecer, lo dota de un sentido completamente artístico. Deja de lado la parte instrumental de la no ficción y se interna en el espectador como un ente que orienta la reflexión del sujeto más sobre sí mismo que sobre el mundo.

Al final, la voz de Alejandra, la única grabación de su voz declamando «Escrito con un nictógrafo» de Arturo Carrera, mientras un delirante conglomerado de imágenes desfila veloz frente al espectador. Es la despedida de Alejandra, ya no hay más que contar.

 

Cierre

Hay un cierto masoquismo en aquellos que disfrutamos el arte que juega con sensaciones cercanas al dolor. Alejandra es una travesía idónea para aquellos que lo hacemos.


Fuente

Villanueva, Sergio. (2013). Los documentales de Pasolini. El realismo mimético como arma política. En Blogs&Docs.


Alejandra
2013| 102 minutos | Español | Argentina
Dirección: Ernesto Ardito y Virna Molina
Guión: Ernesto Ardito y Virna Molina
Producción: Ernesto Ardito y Virna Molina
Casa productora: Canal Encuentro
Reparto: Myriam Pizarnik, Cristina Piña, Ivonne Bordelois…
Fotografía: Ernesto Ardito y Virna Molina
Edición: Ernesto Ardito y Virna Molina


Sofía N. Tamayo Lara. México, 1995. Estudiante de la licenciatura en Comunicación Pública en la Universidad de Guadalajara. Ha publicado en la revista Engarce y es coordinadora de sección en la revista Alofonía.


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