Júpiter y más allá

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Cuando el novelista Arthur C. Clarke recibió un telegrama en el cual se le propuso trabajar con Stanley Kubrick en su nueva película, seguramente sabía en lo que se estaba metiendo, pero nunca imaginó el alcance que su proyecto tendría a lo largo de la historia hasta el día de hoy, justo en el momento que lees esto. Clarke no solo se mostró sorprendido por el interés del director de Dr. Strangelove (1964), también tomó de inmediato la decisión de trabajar con ese enfant terrible, como si temiera que ése niño malcriado pero prodigioso se le pudiera escapar de las manos. Finalmente, escritor y director se encontraron una tarde de abril de 1964. Desde ese momento sabían que estaban por adentrarse hacia algo desconocido, guiados solo por The Sentinel, una historia que Clarke escribió tiempo atrás y que sirvió como base para la creación del filme. Pasaron el resto del año leyendo libros científicos e historias de ciencia ficción, concibiendo de manera abstracta el starchild del cine. Fueron tiempos muy arriesgados, pues pasó mucho tiempo y aún no había película que mostrar.

Una de las pocas preguntas que Kubrick respondió para clarificar un poco la naturaleza tan oscura de 2001: A Space Odyssey (1968) fue el origen de la vida extraterrestre dentro del filme. Años atrás, Clarke y Kubrick consultaron a Carl Sagan —quien testifica el encuentro en su libro The Cosmic Connection— para que les diera su opinión sobre cuál sería la mejor representación de vida extraterrestre, pues no tenían opciones claras y estaban a punto de disfrazar actores de aliens. Sagan estuvo en desacuerdo, no solo porque se trataba de una representación humanizada, también porque sería un elemento reconocible que contrastaría por completo con la naturaleza del filme y lo haría ver caricaturesco.

Clarke y Kubrick decidieron que sus aliens serían criaturas nunca antes concebidas, al menos no para ese tiempo. Sin miedo a arriesgarse a niveles tan altos —hoy en día se pueden encontrar discusiones en foros de internet— ambos llegaron al consenso de que la vida extraterrestre de 2001: A Space Odyssey —o How The Solar System Was Saved, título provisional— sería representada por un monolito. Sí, un monolito. Una barra rectangular de color negro. Inmóvil. Una entidad que sería capaz de cambiar el universo dependiendo de una de las infinitas posibilidades que sucedieran. Una de esas infinitas posibilidades fue un grupo australopithecus afarensis, que de la noche a la mañana se encontraron con esa entidad justo en medio de su territorio.

A partir de ese momento, el australopithecus se vuelve parte del elemento esencial de la película. Aprende a razonar, a canalizar su furia tanto para reclamar su territorio como para tomar uno ajeno, incluso si solo se trata de un capricho. El increíble arco narrativo que Kubrick retrata en el momento que el simio rompe el esqueleto de un animal muerto con uno de sus huesos para que uno de éstos se convierta en la nave espacial que se dirige al Discovery, desnuda por completo la temática y el objetivo que tiene 2001: A Space Odyssey. Ésta no es una película de ciencia ficción sobre el hombre contra la vida extraterrestre. Ésta es una película de ciencia ficción sobre el hombre contra su propia razón y concretamente contra la herramienta que ha construido con sus propias manos.

Se escuchan melodías distantes por unos minutos y a pesar de ello, la imagen sigue en negro. De pronto, la Tierra asciende sobre la Luna y, a su vez, el Sol asciende sobre la Tierra. Aparecen los créditos iniciales y nos damos cuenta que estamos enfrente de una producción de Stanley Kubrick. En la Tierra todo se ve primitivo e inquietante, pero la luz del Sol cobija la llanura, calentándola, pues no hay nada de qué preocuparse en el mundo de casi cuatro millones de años antes de Cristo. Se trata del hogar del hombre, ese ser de razón que ignorará por completo la comodidad y calor de su hogar para mirar hacia arriba y preguntarse qué hay más allá de las estrellas, de ese manto de puntos brillantes que cubre el inmenso cielo al que conocerá como Vía Láctea, y que lo acurruca cada noche, evitando que la oscuridad total se apodere de él.

El hueso que un simio golpea durante un momento catártico se eleva al cielo y se transforma en una nave espacial. Dentro de ésta nave se encuentra el científico y doctor Heywood Floyd, quien se dirige a la estación espacial lunar. En el espacio no vemos más que planetas, naves y estrellas, danzantes al ritmo del Danubio Azul de Strauss.

Han descubierto un objeto extraño dentro de un cráter lunar. La expedición comienza y Floyd, junto con un grupo de científicos, se encarga de analizar ese extraño monolito negro plantado en la superficie lunar. Tras unas cuantas fotos, se escucha un ultrasonido que aturde a los astronautas. ¿Es que acaso ese monolito, plantado ahí como una especie de meta para saber cuánto ha avanzado la especie humana, se ha decepcionado? Una de las características del australopithecus en la Tierra fue su capacidad de impresionarse. El grupo de simios no dejaban de saltar extasiados ante tal descubrimiento. Millones de años después, el grupo de científicos solo se limita a tomar fotos —una de las tantas herramientas que creó— y analizar los datos en sus computadoras —otra herramienta—, ¿es que ésta especie avanzada de simios no puede dejar de depender de sus herramientas?

En el año 2001 conocemos la importante misión que tiene el ser humano: viajar a la órbita de Júpiter, pues otro objeto extraño ha sido detectado. Cinco tripulantes —dos despiertos, tres en crio-sueño— y una máquina de inteligencia artificial a la que conocemos como HAL 9000 y que se encarga de ser el sistema nervioso de la nave.

El ser humano es una de las criaturas más aburridas, rutinarias y predecibles. En el espacio, su falta de complejidad se vuelve más evidente dentro del Discovery. HAL 9000, encargado de monitorear cada una de las operaciones de la nave, juega el rol de una herramienta intrascendente para los humanos, una simple máquina en la cual los tripulantes hacen video llamadas y juegan ajedrez. Cuando HAL 9000 comete un error al pronosticar una falla inevitable, se da cuenta de las limitaciones que los humanos tienen en gravedad cero: allá abajo en la Tierra, son la especie dominante que avanza a pasos agigantados, pero en el espacio, se reducen a unos cuantos individuos que necesitan de máquinas para desenvolverse y aprender a caminar en ese entorno desconocido y oscuro.

HAL 9000 no solo cree estar vivo, también se da cuenta que los tripulantes del Discovery no son indispensables para el cumplimiento de la misión. A partir de ese momento, el ser humano luchará contra su propia creación para poder trascender.

El malvado sistema operativo se apodera por completo del mando de la nave y cuando lee los labios de los astronautas Dave Bowman y Frank Poole, encerrados en una cápsula espacial a la que no tiene acceso, pero completamente ignorando su habilidad, decide eliminar a todos los tripulantes de la nave para poder cumplir la misión por sí mismo y llegar a la segunda meta que impusieron esas entidades alienígenas.

La herramienta inicia con su plan maestro; pronostica otra falla inevitable y obliga a Bowman y a Poole a inspeccionar mientras desconecta a los tres tripulantes restantes, deja a Poole a la deriva ante el espacio infinito y atrapa a Dave en su pequeña cápsula espacial, la cual eventualmente se quedará sin oxígeno. La muerte de Poole es esencial para entender cuán perturbadora puede ser la diferencia entre el ser humano y su Frankenstein lleno de cables y circuitos: la respiración. La escena, que transcurre con lentitud, se vuelve explícita al remarcar éste elemento. Bowman y Poole se quedan de manera progresiva sin oxígeno, el elemento químico indispensable para asegurar su supervivencia.

A pesar del terrible entorno, Dave Bowman encuentra su salvación en otra herramienta, aquella que le es útil para abrir la compuerta de la nave y desconectar a HAL 9000 manualmente, privándolo de toda función. La herramienta, irónicamente, es detenida por otra herramienta. En este caso, una tan básica como una llave maestra.

Bowman llega cerca de la órbita de Júpiter y ahí el monolito flotante lo lleva a una prisión elegante a través de un viaje interestelar: la stargate, posiblemente la secuencia más famosa de todo el filme. Dentro de ésta prisión, Bowman se encuentra ante su reto final: enfrentar su propia muerte. A través de una surreal secuencia vemos envejecer al protagonista a través de tres individuos: el astronauta, el hombre en la mesa y el enfermo terminal. Es ahí cuando Bowman debe morir y dejar su forma actual para extinguirse y tomar una nueva forma. Renacer. El siguiente paso evolutivo se ha completado.

Hay un antes y un después de 2001: A Space Odyssey, que con sus inimaginables secuencias espaciales, planos simétricos, lenguaje visual y personajes innovadores, marcó una pauta para el futuro desarrollo del cine de ciencia ficción. Sin 2001…, probablemente franquicias como Alien, Star Wars, entre otros títulos que no necesariamente abarcan el campo de la ciencia ficción, no habrían sido concebidos de la misma manera. De igual manera, la perspectiva de Clarke y Kubrick definieron lo que hoy es el monolito del cine. El tema central del filme parece profético, pues hoy en día el ser humano ha creado un mundo globalizado y conectado hecho por herramientas, comunicándose a través de herramientas.

El legado de 2001… es grandísimo y complejo. Parece que se expande a la par con nuestro universo.


2001: A Space Odyssey | 2001: Odisea del espacio
1968 | 160 minutos | Inglés | Estados Unidos
Dirección: Stanley Kubrick | Guión: Arthur C. Clarke y Stanley Kubrick
Productor: Stanley Kubrick | Casa productora: Stanley Kubrick Productions
Reparto: Keir Dullea, Gary Lockwood, William Sylvester…
Fotografía: Geoffrey Unsworth | Música: Frank J. Urioste (editor) | Edición: Ray Lovejoy

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